lunes, 22 de febrero de 2010

Un pensamiento con cuerpo


La obra escrita y protagonizada por Marcelo D’Andrea reflexiona sobre lo discursivo y el pasado... a partir de un locro que le cae mal al mecánico que lo comió. Así, el director lleva al límite su “alergia” por lo explicativo.

Cuando el teatro intenta decir y no dice, hay un ruido. Pero cuando no dice porque no puede, ¿qué hay? Si se le pregunta a Ricardo Holcer de qué trata el nuevo espectáculo que dirige, la respuesta es silencio y luego una carcajada. No es que dude: la imperfección no podría ser más precisa. Porque El ardor, que va todos los sábados a las 22 en El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960), aborda el universo de lo indecible. Escrita y protagonizada por Marcelo D’Andrea, la pieza se interroga sobre lo discursivo: las verdades establecidas y las olvidadas. En ese afán consigue una interesante reflexión sobre las profundidades de la historia argentina y latinoamericana, y encuentra un pasado que insiste con volver, pero que no puede ser lenguaje.

A pesar de la complejidad de la obra, el punto de partida es bien simple: un mecánico que ingiere un locro. En pleno desarrollo de su tarea, al hombre se le “atasca” la comida y comienza a hablar por ella. Cuando lo reprimido e inexpresable lo toma, transpira y sufre de arcadas. Reescritura de Acido de locro –estrenada en 1998 en Megafón–, El ardor arroja resultados innovadores en diferentes aspectos: desde la escenografía –una suerte de isla de tres metros por cuatro– hasta el sentido que cobra lo actuado, que pretende no ser relato sino un aquí y ahora genuino.

El interés de Holcer por el cuerpo del actor fue siempre muy marcado. Y en este caso parece haber llevado a la máxima expresión su “alergia” por lo explicativo. Sobre la base de esos ejes, el desafío fue “inventar una nueva poética”. Con un prontuario de más de veinte obras, como Los siete gatitos, Woyzeck y Doble concierto, y acostumbrado a rozar lo social e histórico desde el teatro, Holcer encontró en la propuesta de D’Andrea lo que buscaba: “La posibilidad de explorar una zona de la historia desde los materiales que la componen y que aparecen de un modo antropofágico, porque el texto los devora y vomita”, explica. La química que unió al dúo fue tal que ya prepara un nuevo espectáculo. “Desde (Norman) Briski que no trabajo con un actor de la potencia de Marcelo, con esa amplitud de registro, cambios de eje y alteraciones de espíritu. Y como es el autor, sentía que llevaba una bitácora conmigo”, elogia el director en la charla con Página/12.

–¿Cómo se resume esa nueva poética que mencionó?

–Intentamos inventar una poética que no remita al sentido común, que desafíe. Hay que devolverle la materialidad al cuerpo del actor. Nuestro objetivo no es crear una imagen sino un acontecimiento que produce el cuerpo. Si busco la justeza de una imagen, desplazo al acontecimiento. En la obra funciona al revés: el “navegar”, en tanto acontecimiento, produce la imagen de un barco.

–Hay momentos en los que la obra captura, pero no desde el entendimiento. ¿Cómo impacta esa poética en el espectador?

–Para seguir con el ejemplo de “navegar”, resuena como una sensación de estar viendo flotar. Buscamos ir directo al cuerpo del espectador, no a través de una moral, de una intermediación ideológica o de una imagen. Si todo eso es destino, se busca restituir una anterioridad que trae el espectador. No tenemos la soberbia de dar una respuesta histórica, ese teatro ya lo conocemos. Esperamos promover un pensamiento con cuerpo, que participe del acontecimiento y no que se siente a que se lo narren.

–El humor es un elemento importante en la obra. ¿El ardor es tragedia o comedia?

–Lo trágico y lo irrisorio vibran. Es esa risa que queda congelada en el gesto y que se desarticula en una mueca de desesperación, esperando rebotar en un próximo espasmo de risa. Se busca una suspensión del juicio de valor. De ahí que nadie pueda responderse si lo que ve es trágico o irrisorio. ¡Imposible separarlo, porque así es la vida! Y así son nuestros pueblos. El mecánico no instala un punto fijo a partir del cual habría locura. Está en el orden de lo inexpresable.

–Entonces, ¿qué lugar le queda a la palabra?

–La palabra se le impone al cuerpo, aparece con acontecimiento. Más que por el lenguaje, la obra transita por el habla, que se fuga y es plural. Hay un cuerpo lleno de cuerpos que es hablado. Hay una palabra-delirio que conecta con su sentido más antiguo: la profecía, lo adivinatorio. Es muy político, la palabra que no puede callarse. Cuando aparece en escena la madre del mecánico, cristianizada y explotada, es una voz que no puede ser callada. Y aparece en el cuerpo del hijo, como en su momento las madres hablaron desde el vientre de sus hijos desaparecidos. Cuando todo ha desaparecido, aparece. Esta es la paradoja.

–Y la diferenciación lenguaje-cuerpo se materializa en otra idea que recorre la obra: civilización o barbarie.

–Absolutamente. El personaje del padre, que también habla desde el cuerpo del hijo, tiene un discurso de la línea de la generación del ’80: neoconservador, terrateniente, oligárquico. No ha perdido actualidad, porque hoy está la Mesa de Enlace y el fenómeno llamado “campo”. El resultado es que coexisten tiempos que en otras teatralidades se pueden separar: el arcaico, con el locro y su relación mítica con los pueblos originarios; el presente, con la ley; y el futuro, como deseo del mecánico de poner en marcha la historia. El fuego no tiene otra forma de existir que consumiéndose. Ese ardor es el que transmite la pieza.

–¿De El ardor se desprende algún mensaje concreto?

–Nosotros no cobramos entrada para dar respuestas, lo que nos proponemos es estimular preguntas: “¿Por qué acepté esto de mi padre? ¿Por qué acepté esta visión del sexo?”. En cada descomposición orgánica se juega toda la existencia del yo. Y en cada deconstrucción de un yo se juega toda la historia de un pueblo.

–¿Por qué partir de un mecánico que ingiere un locro para semejantes interrogantes?

–Le tengo alergia a lo explícito, lo explicativo. En lo cotidiano convergen una cantidad de líneas que no tienen nada de extraordinarias, pero que son complejas. El mecánico está en su tarea cotidiana, pero como todo en nuestras vidas lo que aparece es una multiplicidad. El arte tiene la posibilidad de exhibirlo, el peligro es explicitarlo. ¿Cuántos saberes hay en un mecánico más allá de arreglar un soldador?

Reflejo histórico hecho carne
Por momentos, la actuación de Marcelo D’Andrea en El ardor es hipnótica. Genera conmoción, simpatía, enojo, ternura. Sobre todo cuando su personaje se desdobla y aparecen en escena su madre y su padre, en quienes se materializa la historia y los discursos en pugna. A D’Andrea, también autor de la pieza, le pasó lo mismo que al mecánico: “Fue algo oscuro. Me tomaron cosas vividas, el ‘qué nos pasó’, la negación de uno para sobrevivir cosas espantosas como la dictadura”, recuerda. En la versión inicial, Acido de locro, sobresalía el humor. “Cuando el tiempo juega a favor es un buen amigo. Ricardo confió mucho en este texto y me ayudó a depurarlo”, subraya D’Andrea. Integrante del elenco de Vidé... la cinta fija, describe las particularidades del personaje que interpreta en El ardor. “Es un mecánico de la clase media trabajadora, ése es un elemento a tener en cuenta. Ponerle el cuerpo es la clave, tiene que aparecer todo el furor de esa combinación de discursos. Experimenta una sintomatología por una comida, un reflejo histórico en su propia carne. Es algo que nos pasa seguido, pero no nos damos cuenta: la memoria que viene debajo de los discursos ganadores.”


Entrevistas: María Daniela Yaccar.

* Publicado en Página / 12 el 6 de febrero de 2010.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/10-16866-2010-02-06.html


“El público siente que vuela”*


El director Gustavo Silva y la trapecista Serena Méndez Gastaldo explican la lógica del espectáculo montado en la terraza del C. C. Recoleta. Se trata de una puesta en escena que combina tango y acrobacia: “El circo está siempre cambiando, se contamina de todo”.

¿Quién no soñó con volar alguna vez? Gustavo Silva siempre se había movido en el mundo del arte, pero cuando agarró el trapecio, a los 26 años, no lo pudo soltar más. En el ’92, apareció por primera vez en público “colgado de un árbol” en Parque Centenario y se convirtió en “El Mono”. A los 50, la sensación de suspensión en el aire es la misma, sólo que a través de sus alumnos de La Arena, la escuela de circo que dirige Gerardo Hochman. Amante del tango, Silva ya se había metido con ese género en Primer vuelo, un espectáculo que estrenó en 2006. Ahora repone Nocturna, combinación del 2x4 y la acrobacia, que va de jueves a domingo a las 21 en la terraza del Centro Cultural Recoleta (Junín 1930). “Intentamos contaminarnos y producir una suerte de lenguaje que mixture. Es la búsqueda que caracterizó a La Arena desde sus comienzos”, explica el director a Página/12. Una dama que se le escapa a un cusifai, dos desenfrenadas en el intento de seducir a otro: la sensualidad y el erotismo arrabaleros, con la particularidad –y la magia– de ocurrir mayormente en el aire.

La palabra es: hipnotizan. Durante los 65 minutos que dura el espectáculo es imposible quitar los ojos de encima a la docilidad de esos 15 cuerpos que se codean con las estrellas. “Lo que se genera es una identificación: el público siente que vuela. Pobre Icaro. Nosotros lo estamos resolviendo con menos generosidad, pero con un poco más de inteligencia”, bromea el trapecista mientras devuelve el mate. Nocturna se compone de un compilado de microhistorias que combinan distintos tipos de trapecio, aro, báscula y coreografías convencionales. El corazón de los números está en el imaginario tanguero de ayer y de siempre, porque suenan desde Aníbal Troilo hasta Bajofondo. “Alguna vez me dijeron ‘qué bueno eso de usar tango electrónico’, pero el espectáculo comienza con una vieja milonga. No creo en las separaciones. Eso sí: no me siento capaz de hacer el número que hacía el bisabuelo de mi profesor o con la misma ropa”, sostiene Silva.

“Es mucho más fácil hacer espectáculos con nuestra música porque nacimos escuchándola”, concluye. “Esto no se me ocurrió a mí. Lo que hice fue copiar a los chinos y a los rusos”, concede, con un dejo de humildad. El encuentro con el género rioplatense fue gradual. Sus primeras creaciones, Acróbatas en el aire (1999) y Vaivén (2005), no lo incluían. En Primer vuelo, se sentía “galopar en el aire”, con la música de Gotan Project, pero “no estaba el concepto” del nuevo espectáculo, que se puede resumir en “pequeñas historias que se cuentan de noche”. Nocturna se estrenó en 2008 en Ciudad Cultural Konex y en 2009 fue repuesto en el Centro Cultural Recoleta. Este año, llegó con nuevas coreografías y más cuadros colectivos, lo que exigió que los trapecistas tomaran clases de tango con más furor. En un momento en el que el género campea en las carteleras, Silva define la esencia de su espectáculo: “Lo nuestro no es danza aérea. Es circo. La primera son bailarines que trabajan con arneses, que dan la poética de la suspensión y que es muy bella. Pero lo nuestro pasa por el gesto acrobático que conmueve”.

Silva es uno de los representantes de lo que en los ’90 se dio en llamar Nuevo Circo, término acuñado por Hochman para aludir a la poética que comenzaba a gestarse y que implicaba el fin de los enanos, las mujeres barbudas, los leones y cosas por el estilo. Cuando los locales formaron el legendario grupo La Trup, el contexto internacional había dado un buen espaldarazo para esa forma de expresión: la aparición del Cirque du Soleil, en 1984. “El circo está siempre cambiando. A partir de las escuelas chorrea a todos lados y se contamina de todo. Nos metimos artistas que no nacimos en un circo y que llegamos a él con otros conocimientos previos. De ahí surgieron mezclas como la que se plasmó en Emociones simples (Hochman, 1993)”, explica Silva. Pese a la imbricación de lenguajes, lo que permanece es “la esencia de emocionar con el gesto acrobático”. Y también, las características tradicionales de la troupe: “El trabajo en equipo, la confianza, la perseverancia y la generosidad de entregarte al otro. Cuando estás volando y te soltás no vas a las manos del otro. Vas a un lugar donde sus manos todavía no están, porque están viniendo. En todos los pibes, con más o menos felicidad, percibo que se juntan todas esas cosas”.

Los pibes son sus alumnos y también los intérpretes de Nocturna, bajo el nombre de Compañía Vaivén. No es casual que Silva haya elegido estar acompañado por uno de sus discípulos durante la entrevista: se percibe que es de esos maestros que logran empatía sin hacer esfuerzo alguno. Quien ceba mate es Serena Méndez Gastaldo, que aprovecha para secretear que “es genial trabajar con él” cuando su profesor se aparta. Así como Silva tiene el apodo más representativo para contar su historia, ella porta un nombre que le calza justo para hablar de sus peripecias en el aire. En el show se luce en el trapecio de vuelo, con una imagen que transporta: su pelo largo que se hamaca con ella, que tiene la mirada fija en el espacio sideral. “Cuando conocí el trapecio de vuelo, se me tornó muy aburrido el fijo. Cada uno tiene una conexión con un elemento particular. Me enamoré de la sensación de estar colgada ahí arriba. Hay que tener mucha paciencia, repetir una y otra vez”, cuenta la joven de 21 años. “Esto es un mantra, aunque suene medio pelotudo. La idea es que aparezca lo que cada persona tiene de esencial. Hay que dejar de ser el protagonista, correrse del miedito, de la boludez, del ‘¿me queda bien el pelito?’ para que la gente se identifique con vos y se sienta volar un poquito”, redondea Silva.

El miedo puede atenuarse, pero el riesgo está siempre latente. De ahí que ellos vivan lo que hacen como “una entrega”. La decisión de no buscar artistas por fuera de La Arena, más que deberse a un capricho o a una ideología, parece un resultado inevitable: “Convivo con ellos. Me empiezan a provocar cosas, con sus movimientos, miradas, gestos, cuerpos, maneras de hablar, personalidades, la musicalidad que tienen en el aire. Y además, uno no puede no estar pendiente de esa persona porque le está enseñando cosas peligrosas. En ese momento, el alumno ocupa todo tu ser”. El trabajo con ellos excede lo meramente artístico. El espectáculo se hizo “a pulmón”, porque las particularidades de la puesta “vuelven difícil laburar con otra gente”. “Todo lo hice yo con mis manos. Una red sale 10 mil dólares”, subraya Silva.

Esta vez, a diferencia de otros espectáculos que lo tuvieron a la cabeza, Silva decidió no volar. No obstante, aún se define como trapecista. “Lo mío es como (César Luis) Menotti, que dice que todavía es jugador de fútbol pero que los técnicos no lo ponen. Nadie me llama. Además, me parece que el cuerpo ya no transmite lo mismo y la cabeza se te va para otro lado. Pero soy muy feliz viendo volar a ellos. Me siento volar en ellos”, expresa. Aunque en algún momento imaginó que la pausa en el rol de intérprete lo llevaría a buscar otros rumbos, en la música o en la actuación, la fascinación por “lo inmediato y palpable” del mundo del circo fue más fuerte: “El teatro me da más a chamuyo, sin ánimos de cuestionarlo. Puedo decir ‘salto mortallll’, pero en el circo lo tengo que hacer”. Entonces, por más que la fotografía sea la excusa para lanzarse por primera vez a la red que construyó, sobran motivos válidos para aún llamarlo “Mono”.

Entrevista: María Daniela Yaccar.

*Publicado en Página / 12 el 10 de febrero de 2010.-
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-16907-2010-02-10.html

lunes, 1 de febrero de 2010

Amar, temer, partir... volver.- *


A Ramona Leiva la acusaron de estar “metida en la droga” y la encarcelaron durante casi cuatro años en Ezeiza, lejos de sus siete hijos. Cuando logró confrontar el encierro, se “puso las pilas” y estudió peluquería, computación y restauración de muebles, hasta que llegó al arte, que “modificó el enfoque de su vida”. Tanto que, al traspasar las rejas, no se quiso ir del todo: bajo el manto de la asociación civil Yo No Fui, la mujer regresa cada jueves para brindar talleres de serigrafía a las reclusas.

Por María Daniela Yaccar
Fotografía de Martín Lonigro

Buenos Aires, enero 28 (Agencia NAN-2010).- En sus ojos se percibe un ahora que resume un antes y un después. La síntesis es fácil de descifrar, no así el dolor, porque toda ella es vida y sonrisas. Ramona Leiva es una mujer que logró burlar todos los prejuicios. En su estadía en la cárcel, traspasó las rejas --no las materiales, claro-- y se inventó una nueva vida cerca del arte. Y una vez afuera, sin la mezquindad de algunos que se autodenominan sabios, decidió traspasarlas de nuevo --ahora sí, las materiales-- para compartir lo que aprendió adentro. Cada jueves por la mañana, durante dos horas, Leiva coordina un taller de serigrafía en la Unidad 3 de la cárcel de Ezeiza que incluye algunas clases de dibujo y pintura a pedido de las alumnas, y también mate, galletitas y novedades del mundo exterior. “Para mí, entrar es una bandera de triunfo porque me abren la reja. No es que lo hacen porque vengo con la policía al lado. Me la abren a mí”, grafica en una charla con Agencia NAN.

Leiva no trabaja sola. En realidad, ella es todo un símbolo de Yo No Fui, una asociación civil que busca acompañar a las mujeres dentro y fuera de la cárcel, con talleres de poesía, fotografía, diseño, serigrafía y otros. Se puso en marcha hace cinco años, con un taller de poesía a cargo de María Medrano, en la Unidad 31. Cuando las internas comenzaban a salir, se encontraban con una realidad compartida: la soledad, la falta de trabajo y de apoyo del Estado. En consecuencia, la organización comenzó a funcionar como un espacio de capacitación para reinsertar a las mujeres en el universo laboral, y a veces hasta como la posibilidad de recibir algún ingreso por lo recaudado en ferias o trabajos a pedido, aunque mínimo.

Si Leiva es todo un símbolo es porque en su adentro están las experiencias del adentro y del afuera, vaya trabalenguas. “Una vivió ahí. Miro a las chicas a los ojos cuando están tristes, cansadas y cuando ya no quieren estar presas. Yo lo viví. A veces se les nota eso de no aguantar más, el ‘me quiero ir’. Y la verdad es que no hay otra cosa”, sentencia. Bajo el programa “La experiencia cuenta” --que recibe un apoyo del Ministerio de Justicia--, Leiva comenzó con clases de serigrafía, luego de esténcil, dibujo y pintura sobre tela, papel y madera, para que las presas “abarcaran otras cosas”. Y en el cubículo que Yo No Fui tiene en Palermo, recibe a quienes gozan de salidas transitorias o recuperan su libertad, con otro taller, al que también se incorporaron algunos hombres.

Leiva es consciente de que ese grupo de 15 internas la espera cada jueves ansiosamente. “En serigrafía se trabaja con productos que son muy fuertes y no todas tienen el buen ánimo de ensuciarse y usar ese tipo de líquidos. Con el dibujo se relajan más. También les llevo revistas, las comentamos, les cuento novedades. Hay que dejarlas que se asienten un poco, tomamos mate y todo eso va haciendo un taller --cuenta--. Me llevo muy bien con las chicas. Cuando ellas me decían ‘maestra’ o ‘profesora’, yo les decía: yo no soy ni una cosa, ni la otra. Primero porque no tengo título, lo que hago es compartir lo que aprendí. Y después, porque así como yo traigo cosas, me llevo otras. Me sirve. Entonces ellas también serían mis maestras.”

¿Y adónde va a parar todo ese trabajo que nace en el taller? “El taller de costura de afuera hace las remeras, el de diseño las corta y se hacen los moldes, el de serigrafía las estampa y después eso se vende o se hacen ferias”, explica Leiva. Y más allá de eso, hay otro tipo de logros que vivencian quienes pasan por la experiencia. “María (Medrano) se contactó con una persona que trabaja en cárceles en Francia y están haciendo un libro en común. Algunos de los dibujos de ese material son de las chicas, y la tapa seguramente también saldrá del taller”, ejemplifica.

Económicamente, lo que Leiva obtiene por ser transmisora de sus conocimientos --por no ir en contra de su voluntad llamándola maestra-- es mínimo. Apenas le alcanza para los viáticos y los materiales. Y la recaudación que deviene de la venta de remeras se distribuye entre todas las mujeres que participaron del proceso. El objetivo es, entonces, recibir algún subsidio que permita que todos los que dan clases obtengan una ganancia. “No hay casi ayuda del Estado. Hacemos esto movidos por las ganas. No saco dinero. Eso sí: saco mucho más”, subraya Leiva.

Olor a calle

En la cárcel, la expresión que titula este apartado se usa para designar algo así como la energía que le brota a una persona que llega de afuera. Si Leiva es hoy quien arrastra ese perfume por los pasillos del penal, es porque en algún momento logró inhalar ese aroma que volaba por el aire. Ella percibe, claramente, que el triunfo que le representa volver a ingresar al lugar donde pasó casi cuatro años es una consecuencia de otras cosas. Su vida, antes, era bien diferente. Vivía con lo justo, lo que le dejaba la venta de bijouterie en Once con su marido, que también manejaba un taxi. “Tengo escuchas con un amigo y dicen que yo estaba metida en la droga. Nos metieron a mí y a mi marido. Soy inocente, pero me la banqué porque afuera conocí mucha gente y sé que no es un lugar de santos, ni todo es tan legal. Incluso, yo traía cosas por contrabando. En ese sentido, no soy tan inocente. Conozco gente, mi hermano anduvo en la droga y no me gusta la policía. Todo eso hizo que yo tenga un código de respeto. Mi compañero tendría que haber saltado y haber dicho que no habíamos hecho nada, pero nos terminó arrastrando”, recuerda.

Afuera dejó a sus siete hijos, que quedaron solos, porque su marido también “cayó”. “De todo lo malo que tiene la cárcel, por lo menos le saqué provecho. Nunca había hecho cosas para mí, más que criar chicos. El primer tiempo lloré mucho, hasta que una compañera me dijo: ‘Que las rejas no te lleven’. Me puse las pilas y estudié peluquería, computación, restauración de muebles. Y después entré al taller La Estampa --que funciona de manera similar al que ella dicta--, y se me despertó el amor por el arte. Todo eso fue modificando el enfoque de mi vida: por qué levantarme, por qué pelear hoy, a qué darle bolilla”, sostiene.

En la cárcel, Leiva recibió la visita de la artista plástica y escritora Fernanda Laguna, quien cuando salió también la llevó por la senda del arte. Afuera, se incorporó a Eloísa Cartonera, cooperativa en la que permaneció durante dos años. “Eloísa fue una parte importante en mi vida, una contención cuando salí. Si eso no hubiese pasado, ahora no estaría donde estoy”, recuerda. Finalmente, la conoció a Medrano. “Justo salió un grupo de poesía que era bastante fuerte y nos sumamos y armamos Yo No Fui”, relata.

“Cuando volví a entrar, al principio la gente de seguridad me miraba como si me conociera. Algunos se daban cuenta que ya había estado. Otros no, como ven tanta gente… Cuando hablo con las chicas, me preguntan por qué volví y les digo que cuando estuve adentro sentí que tenía que regresar pero de otra forma, para cambiar algunas cosas, porque no sirve quedarnos rezongando en casa. Me costó mucho, hace cinco años que estoy en libertad y recién ahora puedo entrar otra vez. No es que me encapriché de un día para el otro”, reflexiona. “Tuve miedo. No hay persona que no tenga miedo, nada más que yo puse el pecho y le di para adelante. Desde que salí, no hago nada que no me guste y no le doy excusas ni consejos a los demás. Muestro lo que hago. Pueden elegir. Hay malos momentos, pero pasan.”

Más allá de intentar generar un cambio en las internas, de dejarles la moraleja de que es posible barajar y dar de nuevo, existen otras cosas que Leiva quisiera cambiar: “La cárcel es un lugar muy duro, oscuro, frío. Me gustaría que las presas pudieran hablar más por teléfono, ver a sus hijos, que recibieran un mejor trato, que se analizara por qué llegan a estar presas. Hay muchas que nunca tuvieron una oportunidad, cada una tiene su historia en su espalda.”

-- ¿Y qué es el arte para usted, ya sea con olor a calle o a cárcel?
-- Los dibujos que hacemos pueden ser lindos o no. Eso no importa. Tienen que estar llenos de emoción. Todo, en realidad: pintar, cocinar, pasar un trapo. El arte es sentir las cosas que uno hace.
* Publicado en Agencia NAN, el 28 de enero de 2010.
http://agencianan.blogspot.com/2010/01/salir-con-el-corazon-estampado.html