lunes, 11 de enero de 2010

“Ellos se merecen respeto” *


Lejos de la demonización que intentaron imponer algunos medios, la muestra que se exhibe en el Palais de Glace permite conocer la intimidad de la Túpac Amaru: “El desafío era mostrar a un sector que lucha contra la pobreza de manera exitosa”.

Desde unitarios y federales, la argentina es una historia de oposiciones. Saussure dijo alguna vez una verdad universal: un signo existe sólo porque existe su opuesto. Algo similar pasa con las ideas, ese conglomerado en permanente choque. Justo en el momento en que algunos medios de comunicación demonizaban a la mayor organización popular del país, Sebastián Miquel viajó a Jujuy para poner el foco en el corazón de la Túpac Amaru y traer otra mirada. “El desafío era mostrar a un sector que lucha contra la pobreza de manera exitosa”, explica el fotógrafo a Página/12. Su muestra Abia Yala-hijos de la tierra puede visitarse de martes a domingos de 12 a 20 en el Palais de Glace (Posadas 1725), con entrada libre y gratuita, hasta el 28 de febrero.

“Otro mundo es posible”: bajo ese título, los ojos perfectos, dulces y oscuros de una niña a la espera de un plato de comida quedaron registrados en una de las fotografías más inolvidables de la serie compuesta por otras 53. El nombre de la imagen tiene aires de exhortación, mensaje que sobrevuela todo el trabajo de Miquel: el cambio, la lucha. La esperanza. Lo que el fotógrafo ofrece es un retrato de la organización liderada por Milagro Sala en su máxima expresión. Diferentes zonas de Jujuy donde funciona –Ledesma, Alto Comedero, Maimará y San Andrés, entre otros– y todo lo que siguió a un buen manejo de recursos: comedores, guarderías, fábricas y enormes piletas. Pero lo cierto es que, más que sobre la Túpac, esas fotos hablan acerca de quienes la componen.

Porque si ese mundo es posible (o ya real) es porque hay quienes lo construyen. “Lo que más me llamó la atención es que hay historias ahí atrás. Hay gente, humanidad”, subraya Miquel. Exquisitas desde el punto de vista técnico, las imágenes de 60 centímetros por 80 en su mayoría rescatan, ante todo, emociones de rostros humanos, un propósito altamente logrado con el empleo de teleobjetivos. Caras sonrientes, gente trabajando y domingos de descanso demuestran cómo un norte castigado, olvidado, vapuleado y triste deja de ser desgracia. Sin el ruido de la comunicación escrita –muchas veces, deliberado– las fotos logran contradecir elocuentemente aquello de que la Túpac es “una agrupación armada”.

Por la cantidad de imágenes y su heterogeneidad, la misión de Miquel –todavía emocionado por la experiencia– queda cumplida: realmente consigue dar otra mirada. En Plus-valía, un juego con el término marxista, aparece una mujer trabajando feliz en una fábrica textil. “La plusvalía, lejos de ser la explotación, es la alegría que manifiesta su rostro”, explica el artista. Otra mujer –verdaderas protagonistas de la muestra, incluso en los trabajos de construcción, llamativamente– posó ante la lente luego de responderle al fotógrafo que su trabajo “estaba bueno porque no tenía patrón”. Y así se llamó la foto: Sin patrón. También hay muchos niños, como en La activista y Revolución, y varias fotografías sobre “derecho a la información”, una de las actividades solidarias que realizan los integrantes de la Túpac con el fin de acercar detalles de sus derechos a quienes no los conocen. En resumen, lo que sobresale es “el sentido del humor que tienen, su alegría en el trabajo, su ímpetu. Y esa solidaridad más jujeña, más colla”.

“¿Qué pasa cuando los pobres se organizan? En Buenos Aires y en ciertos sectores sociales, incluso en los más progres, uno escucha: ‘¿Por qué le dan plata a esa negra? ¿Por qué le dan cabida a esa gente?’ Lo que yo empecé a notar es que daba bronca que una organización liderada por una mujer fuera exitosa. Por una mujer, originaria de collas, sin modales finos y morocha”, analiza el fotógrafo. Fue la efervescencia de una cosmovisión opuesta a la suya la que terminó por “obligarlo” a internarse durante una semana en distintos barrios del norte y volver para contarlo.

El interés por la Túpac lo arrastraba desde hacía dos años, ya que solía contactarse con algunos de sus afiliados cuando llegaban a Buenos Aires a propósito de una manifestación. También conocía a Sala, “una mujer extremadamente simple, que no tiene pruritos y que vive trabajando, haciendo cosas”. Pero la angustia inspira al artista. Y el arrebato poético no pudo esperar cuando la Túpac fue acusada de arrojar huevos al senador Gerardo Morales para luego quedar envuelta en escándalos más graves. “El ataque pasó de ser político a racista. Cuando se empezó a decir que eran grupos armados, narcotraficantes y violentos, dije: es el momento de salir a mostrar, desde otro lugar, qué es lo que hacen”, recuerda Miquel, un ex trabajador de varios medios gráficos que hoy retrata modelos para costear proyectos como éste.

“Lo que hacen” se resume en unas pocas palabras: son “una comunidad organizada que vive con valores diferentes: la solidaridad, el trabajo y la verdad”, entiende el fotógrafo. De ahí el nombre quechua de la muestra, que “tiene que ver con la unidad latinoamericana precolombina”, explica. Y, acompañada de esta idea, está otro de los objetivos de la exposición: “Lo que intenté mostrar es una revalorización de la política, que siempre está en el ojo de la tormenta como algo que no sirve. Ellos lograron lo que lograron por ser una organización social y popular que consigue fondos para trabajar a partir de su fuerza. Se ve el Estado desde el lugar de deber luchar contra la pobreza y la política como el medio para conseguir una mejor calidad de vida para las personas. En eso, la Túpac es el ejemplo”, desliza Miquel, acostumbrado, desde la rama documental de la fotografía, “a ir a buscar lo peor del ser humano”.

“Con temas como el del campo, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisuales o la Túpac empezás a ver la fragmentación de la sociedad. Hay dos o tres países. Creo que ellos se merecen respeto, por más que uno no quiera vivir así. Y ellos no pretenden que el país sea Túpac Amaru, sino que los que entren ahí tengan trabajo y una vida digna”, expresa el artista. Y anhela: “Vi gente que salía llorando de la muestra, otra muy contenta y otra a la que no le había pasado nada. Ojalá la fotografía tuviera el poder de cambiar algo en la gente”.

Entrevista: María Daniela Yaccar.

* Publicado en Página / 12 el 11 de enero de 2009.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-16604-2010-01-11.html

sábado, 9 de enero de 2010

“Reírse de uno mismo es sanador”


El humorista propone, a través de 40 viñetas, una síntesis de sus últimos cinco años de trabajo. “El humor judío es la expresión de una filosofía de vida”, sostiene Scherman, que dibuja a sus criaturas valiéndose de la ironía y el sentido crítico.

Convocado por el flash, Sebastián Scherman elige posar al lado de un rabino de su creación, dueño de una larga barba que lleva inscripto el abecedario hebreo. No se aguanta, lanza un chiste: “Fijate. Su nariz se parece a la mía”. Eso, reírse de los prejuicios, es lo que inspira a este humorista gráfico, abocado principalmente a la “rama” judía. En una exposición en el Espacio de Arte de la Amia (Pasteur 633), Scherman ofrece una síntesis de sus últimos cinco años de trabajo, en 40 viñetas. “El humor judío es la expresión de una filosofía de vida y consiste en reírse de uno mismo”, define en una charla con Página/12.

Se define como humorista a secas. Rótulo que tiene merecido, porque lo que puede verse en Desde el Once con humor, curada por Elio Kapszuk (también director del espacio), son trabajos de diversos temas, algunos inéditos y otros publicados en medios de comunicación. Tintas, acuarelas, drawing pen, lápices, tinta china y esponja son los materiales que utiliza para demostrar que es capaz de hacer reír con cualquier cosa: la salud, el dinero, la colectividad, Tinelli.

En todos los casos, lo que subyace es la ironía combinada con una alta dosis de inocencia. También “el sentido crítico”, como remarca él. Un componente que no está ausente cuando bromea con su religión. “El nombre de la muestra responde a que se realiza en el Once, donde nací. Y también a que es un barrio asociado a la colectividad y a su impronta cultural”, explica. Impronta que Scherman traslada a sus viñetas con la presencia de personajes típicos como el zeide (el abuelo), el mohel (el encargado de la circuncisión) y, por supuesto, la idishe mame (la madre).

“Creo que es saludable reírse de uno mismo. Es algo sanador”, reflexiona Scherman, inmediatamente después de aclarar que el frote de su dedo índice tiene su razón de ser en que esa mañana se quemó con la plancha. “Ves: en ese momento yo puteé. Pero ahora estoy haciendo un chiste”, remata. Habrá entonces algo de catarsis. Lo dijo Joseph Klatzmann en El humor judío: “Reír para no llorar”. La definición de Scherman es similar: “El humor es una defensa del ser humano para canalizar ciertas situaciones. En el humor judío eso es llevado al extremo, porque la historia de la comunidad está llena de padecimientos”.

El padre del humor judío es el escritor ruso Sholem Aleijem (1859-1916). Y uno de los padres de las tiras cómicas es Saúl Steinberg, dibujante judío estadounidense, a quien los grandes nacionales reconocen especialmente. En estas tierras, el máximo exponente del humor de la colectividad fue León Poch, polaco afincado en Buenos Aires a partir de 1928. Como todo un género en sí mismo, este tipo de humor contiene elementos que lo definen.

“Buscar siempre otro costado, el antiheroicismo y la tradición talmúdica de la pregunta y la respuesta”, enumera Scherman. Y para ahondar en lo último, antes que dar una explicación híper teórica, prefiere servirse de un chiste universal. “Viene un judío con su amigo no judío caminando. Este último le pregunta: ‘Che, Abraham, ¿por qué los judíos responden a una pregunta con otra pregunta?’. Y Abraham responde: ‘¿Y por qué no?’.” “Son sentencias que tienen consecuencia humorística, como eso de que donde hay dos judíos hay tres opiniones, o el tema de hablar con las manos”, explica el artista.

Amante de Sendra, Caloi, Quino, Fontanarrosa, Rudy y Liniers, Scherman es dibujante y redactor del portal Tu Messer. Ingresó a la escuela de Carlos Garaycochea a los 25 años, pero conoció su pasión a los diez, cuando “editaba” una publicación denominada Risa: “Consistía en arrancar una hoja del cuaderno Gloria y dibujar sobre actualidad”, recuerda. En esa iniciación, Scherman tuvo una influencia especial: “Mi viejo David, un odontólogo que laburaba para Polémica en el fútbol, dibujando pronósticos de los partidos. Un personaje total”.

Aunque se anima a bucear en la proliferación de apellidos judíos en Facebook, Scherman aborda principalmente lo tradicional, las costumbres. “Nada de exageración. Es todo así”, destaca, y agrega su sorpresa porque ciertos símbolos pertenecientes a la colectividad –como la idishe mame– se hayan vuelto populares. “No sé cómo ‘tujes’ llegó al glosario argentino. Quizá la metió Guinzburg”, se ríe.

Para Scherman, hacer humor es algo cotidiano. Sus fórmulas: “la observación y los juegos de palabras”. La intención es “desacartonar, cuando hay algo frío”. Y mientras bebe otro sorbo de ese cortado que perdió temperatura, repetirá eso de que en la mañana se quemó con la plancha.

Entrevista: María Daniela Yaccar.

lunes, 4 de enero de 2010

El dedo en la llaga*


En su nuevo documental, el director desnuda las grietas del sistema capitalista. “Ellos no sólo quieren el dinero, también el nuestro”, dice sobre los generadores de la última crisis.

La polémica es y será siempre el terreno que le sienta cómodo, pero en su última película Michael Moore cambió de rubro y optó por contar un romance. Capitalismo: una historia de amor es un documental que pretende buscar a los culpables de la crisis económica con el habitual tinte de denuncia que caracteriza al cineasta. Es también un mensaje de alerta a otros países por las consecuencias que acarrearon en distintos puntos del globo las decisiones de “esa gente rica que quiere todo el dinero”. Y si este film es distinto a lo que Moore venía haciendo es porque, justamente, es “una historia de amor” con preponderancia del drama por sobre el humor, por primera vez en su carrera.
Lo que siempre subyace es esa esencia crítica, la costumbre de meter el dedo en la llaga de su país. “Llamarme antiamericano es como decir al Papa que odia a la Iglesia”, aclara el realizador, dando a entender que la base de su cine obedece a otra postura ideológica: tal vez, una extraña voluntad de recuperar el verdadero orgullo de ser americano. En su última película, lo que aborda es la capacidad de ilusión de su pueblo, sus bases democráticas primigenias y las políticas del New Deal de Roosevelt. Esas que, curiosamente, sentaron el Estado del Bienestar en Europa.
“No veo Europa con visión de miope, ya sé que no es una utopía. Tiene muchos problemas. Si creyera que es tan genial, estaría viviendo allí, pero sigo viviendo aquí, así que en realidad prefiero esto”, explica el ganador de un Oscar por Bowling for Columbine.
Moore reside en Traverse City, una pequeña localidad del estado de Michigan. Allí creó su propio festival de cine y logró convocar a la prensa internacional. “Quería que todos vinieran al lugar al que nunca vendrían: el estado con mayor tasa de desempleo del país”, explica.
Eje de su último trabajo, la depresión es abordada ingeniosamente desde quienes la generaron. “Es una historia de amor de gente rica que ama su dinero. Ellos no sólo quieren el dinero, también el nuestro. Querían todo el dinero. Estaban tan enamorados de ellos mismos y de su dinero, que no pudieron pensar claro. Y, por su culpa, el resto del mundo ahora sufre”, reflexiona.
Capitalismo: una historia de amor puede leerse también como un llamado de atención a ese “mundo” para que abandone la idea de que el modelo estadounidense es digno de imitación, o bien como una denuncia ante cierta tendencia al mimetismo. “Europa tiene que dejar de ser como nosotros. La sociedad sufrirá si privatizan la sanidad, si retiran el dinero de la educación. Terminarán siendo como la América de mis películas”, advierte.
La era Bush le dio demasiado material al ácido Moore, que con Obama en la Casa Blanca dice tener cierto optimismo. Pero, también un nuevo temor: “Me preocupa que los millones de personas que se activaron para que la victoria de Obama se produjera se sienten ahora en su casa y se pongan a ver la tele sin más”, critica. “No conseguiremos que su política avance en el Congreso si no estamos detrás de él”, avisa.
“Las cosas han cambiado en mi país: cuando hice Fahrenheit 9/11 –por la que ganó la Palma de Oro en Cannes– el 70 por ciento creía en Bush y en la guerra. En 2004 era un ‘outsider’. Pero en 2008 la mayoría de los americanos estaban de acuerdo conmigo”, repasa.
Después de indagar en la pasión armamentista de los estadounidenses con Bowling for Columbine y de explicar la filosofía del apoyo incondicional a George W. Bush con la magistral Fahrenheit 9/11, Moore volvió a la pantalla para seguir hurgando en las grietas de un mundo imperfecto. “Me gustaría no ser necesario en este negocio. Si la gente empezara a hacer las cosas mejor y no tuviera que hacer más películas, yo estaría encantado”, concluye.

*Publicado en Página/12 el lunes 4 de enero de 2010.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/5-16538-2010-01-04.html