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sábado, 26 de diciembre de 2009

"Aprendí a disfrutar del encanto de las melodías vulgares" *


Consolidado desde hace años como uno de los más grandes del rock nacional, repasa con El Cruce varios tramos de su carrera y habla de su próximo disco con Nikita Nipone. Da sus definiciones sobre Charly García, Spinetta y Maradona. Dice que la suya es una "militancia intelectual" y sostiene que "pedir seguridad y paz, y no pedir educación, salud y trabajo es como tener una mano con dos dedos". Recuerda momentos conmovedores en su relación con el público. Y afirma que su vida y su arte van por el mismo camino. El placer y el dolor, la música, la política y la familia, según Calamaro.

Por María Daniela Yaccar y Facundo Gari

La Real Academia Española define como "popular" a aquello estimado o, al menos, conocido por el público, y asocia a lo "sofisticado" con lo elegante y lo refinado. ¿Es necesaria la exclusión de lo uno por lo otro? No para Andrés Calamaro. "Me considero popular y sofisticado", se define en una entrevista por e-mail con El Cruce. Y aquí la ambigüedad no es indecisión: el trovador configura en ese espacio liminal que va del to be or not to be mundano una identidad rockera excluyente y a la vez abrazadora, marginal tanguera y pop metropolitana, tan rioplantense como la murga; tan universal como el rock and roll. Él es al tiempo sexy y barrigón, turista y ciudadano en Buenos Aires, un noctámbulo que ahora se da el gusto de dormir frente al televisor.
De manera que la excusa para una entrevista no podía ser un único criterio palpable, sino la mismísima estancia en la que el cantante se hospeda: entre el regreso y el aggiornamiento, el set-box Andrés. Obras incompletas y el disco que prepara junto con Nikita Nipone, el retiro creativo y la compañía entrañable.

Grabaciones encontradas

- Las antologías tienen un aura de balance, de pausa para la introspección. ¿Fue, hasta aquí, todo “sexo, drogas y rocanrol”, a lo Spinal Tap?
- Obras incompletas es un balance de diez años de grabaciones y proyectos existenciales, el tercer acto de mi vida musical. Y fue el más destroyer y el más aventurero y personal, musicalmente hablando. Al principio era un “aspirante” y terminé al frente de mi propia banda. Después, formamos Los Rodríguez y fuimos turistas en Buenos Aires. A partir de entonces, tuvieron lugar mis grabaciones y mis tiempos más subterráneos, más arriesgados. Mi encuentro con los “maestros” del principado flamenco y el latin jazz. No fue todo “Spinal Tap”, pero cumplí con todos los mandamientos del rock sin descuidar el sonido y la música, la experiencia y la historia.

- ¿Cuáles fueron los criterios de selección de las canciones?
- No fue fácil, pero tampoco difícil. Llegado un momento, decidimos no escuchar más música, no intentar abarcarlo todo, y concentrarnos en recopilar canciones para seis buenos discos. Nos impusimos criterios sonoros, musicales, rockeros, poéticos y sentimentales. Durante todos estos años trabajé para que exista un repertorio ancho y propio. Es probable que mis canciones se sigan escuchando siempre, y ya formen parte de la biografía cantada de alguien.

- Lo que rápidamente se vuelve evidente es eso que le señalaron tantas veces: cumbia, tango, rock, pop... ¿No le pone limites genéricos a la canción?
- Le pongo límites “subgenéricos”... Aunque todos tenemos nuestros propios límites, confío en haberlos roto, en haberme rebelado contra mis limitaciones, en las grabaciones y en la experiencia musical.

- Se sabe que su gusto es ecléctico. ¿Su acercamiento con lo popular y lo elitista lo definió como artista?
- No sé. Me considero un artista de rock. Me parece lo más normal del mundo escuchar a Tom Jobim, The Residents, The Allman Brothers, Mastodon, Thelonious Monk y Rubén Blades. Fui educado en la tolerancia.

- ¿Y se considera un cantor popular?
-Bueno, ¡tampoco soy el más popular del mundo! Digamos que me considero popular y sofisticado.

Honestidad brutal

- ¿En algún momento de su carrera le tuvo temor a la cursilería?
- Cuando era un adolescente presumía de gustos elitistas, pero con el tiempo me fui relajando un poco y aprendí a disfrutar del encanto de las melodías vulgares y del oficio de la mayoría de los cantantes.

- En ese camino tuvo momentos dulces y amargos...
- En cuanto a mis amarguras “musicales” o satelitales a la profesión, los disgustos son inversamente proporcionales a las expectativas en torno a un disco, a un lanzamiento, al desarrollo de un álbum. Si bien la música es de naturaleza benigna, es una materia que sólo puede alegrarnos el espíritu. La convivencia no es sencilla, y sufrimos por igual los principiantes y las “figuras”. Argentina es un sitio rockero pero complicado. Frente a las amarguras están las alegrías, desde las íntimas y sutiles -como el sonido logrado en un ensayo, el placer puro de tocar, una grabación que nos gusta- hasta la consagración de la primavera de las ideas. Puedo celebrar el recuerdo de suficientes triunfos. Sin embargo, estoy disfrutando más ahora que antes, porque me encuentro más seguro para cantar y enfrentar la responsabilidad otorrinolaringóloga. Además, los momentos dulces no tiene relación directa con los triunfos y el éxito; los músicos sabemos que disfrutamos tocando porque es nuestra pasión, una de las cosas que más nos gusta hacer, y vamos a celebrarlo en bares o en grandes recintos. Las pérdidas, los compañeros que se quedaron en el camino, son la sombra que nos acompaña y también es el orgullo de haber compartido, con ellos, los momentos más gratos. Me costaría seleccionar un único momento dulce: vivo intentando generar placeres hedonistas y me siento bendecido por el respeto de los músicos y el afecto de mi pueblo.

- Con La lengua popular apareció un Calamaro en transición. "Ya no soy el viejo Andrés que no dormía jamás", confiesa en una canción. ¿Vivió ese momento como una suerte de renacer como artista?
- No me atrevo a decidir entre los conceptos “renacimiento” y “transición”. Mejor dicho, acepto ambos estadios como posibles y necesarios. La transición y el renacimiento. La lengua popular fue un gran disco porque la química musical con Cachorro López resultó brutal, muy positiva. Antes había grabado discos de género o “de culto”, como El palacio de las flores --éste a medias con Litto Nebbia--, las producciones madrileñas de Javier Limón y el propio El salmón. Quizás El regreso y Made in Argentina sean, literalmente, mi “renacimiento”, o contemplen una etapa que bien podría considerarse así.

- ¿Cuánto influyó en eso haber encontrado "la mitad del amor"? ¿Y ser padre?
- Se supone que los poetas están más influenciados por la carencia de “la otra mitad”, que es esa clase de concepto, como el amor, la lealtad y la libertad, que terminamos de comprender cuando no están; en ausencia de... Pero nunca había vivido con la fantasía persistente de formar familia, no estaba en mis cálculos. Además ya había vivido transiciones violentas antes: la consagración del oficio, los estados alterados, cambiar de continente y de país, volver a empezar, diferentes “rehabs”, la convivencia, la ruptura, la reconquista, hacerse de abajo, hacerse de arriba... Ya había cambiado antes. Vivir con una persona extremadamente joven es un estadio que me hace más parecido al resto de los hombres y las mujeres: Pero supongo que ésta es una realidad que va a seguir cambiando según las etapas de vivir y criar ocurran.

- ¿Salió de eso una forma de componer canciones diferente, lejos de lo que era el encierro exacerbado que mantuvo durante algún tiempo?
- El encierro es ideal. Difícilmente encuentre un método mejor. ¡Sufrir y gozar al mismo tiempo! Sin embargo, acepto otras prácticas, como la necesidad, el aburrimiento y el archivo.

El cantante

- Desde sus comienzos hasta aquí, ¿siente que mutó su relación con el público en los conciertos?
- Al comienzo no tenía relación. Además, el público era menos y otro. Después de militar en Los Abuelos de La Nada volví a enfrentarme a un público importante con Los Rodríguez, aunque mis regresos en 2005 me sorprendieron un poco y mis aterrizajes en México y Colombia, en 2008, fueron conmovedores, mucho más enormes de lo que podría haber imaginado. Difícil de explicar con palabras.

- ¿Qué se puede adelantar del disco con Nikita Nipone? ¿Tiene fecha de lanzamiento?
- No tenemos fecha. Tenemos un repertorio y son todos textos de Jorge Larrosa. Bajo ese manto es que colaboramos con Nikita Nipone. De momento, estamos terminando tres tracks que grabamos con Rafael Arcaute para mostrarlos a finales de año mediante un lanzamiento virtual, como corresponde a los tiempos y las costumbres digitales.

- Le había deseado suerte desde su página. ¿Qué le pareció finalmente el “regreso” de Charly en Vélez?
- No fui a Vélez, lo vi una semana después en “La Viola”. Y si yo tuviera una semana para televisar mis recitales no resistiría a la responsable tentación de retocar detalles en el sonido y la performance. No sé si fue el caso de Say No More y su banda, pero lo que escuché sonaba bastante impecable. La versión de “Llorando en el espejo” me llamo la atención por el balance del sonido y la interpretación correctísima.

- ¿Y qué opina sobre el otro gran “regreso” de este año, el de las bandas de Spinetta? Almendra, Invisible, Pescado Rabioso, ¿fueron una influencia para usted?
- Spinetta es inobjetable, para mi generación es un autentico héroe, una persona querida y admirada y una influencia compleja, quizás inabarcable. Escuché muchísimo a Spinetta y sería un grandísimo honor cantar con él de nuevo, como en Privé, Vida cruel o cuando me invitó a cantar en la presentación del disco La La La, suyo y de Fito Páez, en Obras Sanitarias.

Hotel Calamaro

- También desde su página, defendió al técnico de la Selección y reprodujo unas palabras de Alejandro Dolina al respecto. "Maradona no es una persona cualquiera, es un hombre pegado a una pelota de cuero. Tiene el don celestial de tratar muy bien al balón. Es un guerrero." ¿Falta entender eso?

- Irremediablemente voy a defender a Maradona de los ataques verbales de los hipócritas de la clase media y su reflejo en la opinión. Todos lo entendían cuando generaba alegrías y orgullo, y para mí siempre será ése Maradona. El cariño y el respeto por las personas debería ser infaltable y deberíamos aprender a querer definitivamente a nuestros héroes. Alguien me mandó ese fragmento de Dolina, que no es ningún macaneador, sino una persona culta que sabe muy bien lo que dice; no es ningún frívolo y no sigue la corriente de la barbarie informativa, ni la opinión antropófaga.

- Y ya que hablamos de fútbol, ¿sigue los campeonatos argentinos?
- No sigo demasiado el campeonato local, aunque a veces veo algún partido. Tengo amistad con el fútbol, pero soy menos que un hincha. Tampoco lo juego.

- ¿Y qué hace Calamaro cuando se sale del músico, cuando llega a casa y deja el abrigo en el sillón? ¿Cuál es su rutina como civil? ¿Tiene alguna actividad que considere una pérdida de tiempo pero que aún así realice, sencillamente porque lo hace muy feliz?
- No soy una persona diferente para la música que para el resto de las cosas. Me gusta conversar de arte, de cine, de política y de música. En casa hacemos lo mismo que hace todo el mundo: contesto el correo y me duermo viendo televisión. Si algo me hace muy feliz no es una pérdida de tiempo. Lo que es una pérdida de tiempo es todo lo demás.

Nadie sale vivo de aquí

Y "nadie puede presumir de integridad sin conocer a los enemigos que amenazan", según asevera AC en el prólogo del libro Postales tumberas (Aguilar), de Jorge Larrosa, su "ñeri", el tercero del "colectivo literario no intelectual" Los Poetas de la Zurda. El Salmón los conoce: "Comparto el dolor y las dificultades de mi pueblo", y por ello subraya que "endurecer la ley y reprimir no va a solucionar la peligrosidad ni la sensación de indefensión".

- Volviendo sobre la crítica a la construcción que hacen los medios, ese "libreto" que es producto de recortes de lo que unos y otros dicen. ¿Puede aplicarse esa lectura a la incidencia sobre lo que Susana Giménez declaró a propósito de la pena de muerte y sobre la represión para generar una opinión pública?
- No creo que Susana Giménez pida, realmente, la pena de muerte; aunque exista en Estados Unidos. Lo que quiero decir es que tampoco es algo tan ajeno al mundo occidental. La mano dura no va a solucionar nada. Esta violencia es imparable. Hay que reconstruir el país y el espíritu argentino y eso va a ser muy complicado. Argentina no es New York. En mi humilde opinión, endurecer la ley y reprimir no va a solucionar la peligrosidad ni la sensación de indefensión. Creo que hay un énfasis en el reparto del poder político y los factores socioeconómicos están desatendidos.

- ¿En qué sentido?
- Pedir “seguridad y paz” y no pedir “educación, salud y trabajo” es como tener una mano con dos dedos. Y cortarse tres dedos de una mano es una idea brutal y dolorosa. Este es un pensamiento prestado -lo hablaba almorzando con Adrián Dárgelos (N de R: cantante de Babasónicos)-, pero es una razón de estricta actualidad, y un razonamiento que, mucho me temo, no va a perder vigencia nunca. Como siempre, el pensamiento debería ser materia de debate, lo mismo que la desatención cultural, la educación como base de la cultura nacional, la salud y la vivienda como derechos humanos y el trabajo como unidad de comportamiento y subsistencia.

- ¿Se refiere al gobierno nacional?
- Creo que este gobierno, además de nacional, es popular y democrático. Es el que elegimos en las últimas elecciones. Creo que hay que ser más cuidadoso con el tratamiento que le damos a la investidura democrática. No hay que perder el norte, ni el respeto que merece el concierto democrático: sufrimos la dictadura y tendríamos que ser más reflexivos.

- Usted se definió como un hombre de izquierda al que no le gusta "el mundo que tenemos". En ese sentido, ¿concibe su carrera artística como una forma de militancia?
- La mía es una militancia intelectual, la que en los 70 se llamaba “militancia profesional”. Soy músico y ciudadano: mi preocupación es la militancia. Y mi aventura musical y mi vida son casi la misma cosa. Las canciones tienen componentes políticos y sociales, reflejos de la realidad y de las ideas.

- ¿Y qué sucede cuando las ideas de alguien al que usted admira por su carrera son tan contrarias a sus convicciones como para no poder dejarlo pasar, atendiendo a las declaraciones de Spinetta y Sandro por ejemplo? ¿Y a la inversa, cuando sus seguidores lo critican por alguna actitud, como el consumo de drogas?
- El “afuera” no me merece confianza. Hay demasiada agresión y pocas razones en las opiniones. Sólo me importan las críticas sensatas. Los ataques desaforados me rebotan. Además, desconfío de la mayoría de las personas que jamás se hayan intoxicado. Y en cuanto a Sandro y Spinetta, creo que son frases nada más, no opiniones. Pero Sandro y Spinetta son artistas y ciudadanos; pueden pensar y decir lo que quieran. Yo puedo respetar una opinión, un sentimiento, incluso un instante de bronca. No es el caso de Sandro o Luis Alberto, pero hay una gran diferencia entre un pensamiento conservador y la locura reaccionaria y racista.

- Al referirse a la tragedia de Cromañón, culpó a la "vista gorda, un folklorismo que aceptamos como parte de la viveza criolla" y estigmatizó la figura de los managers que "tienen mejor coche y mejor ropa" que los músicos. ¿Está de acuerdo con la sentencia judiciales en ese caso, entonces?
- Fue una tragedia irreparable. No escribí esa frase pensando en el manager de Callejeros, claro que no. Tampoco puedo estar de acuerdo con el resultado judicial: el pirómano sigue libre, hay demasiados cómplices y veinte años a Omar Chabán es una monstruosidad.

* Publicado en El Cruce Número 2, diciembre de 2009.

"El secreto de sus ojos tocó una cuerda, pero todavía no sé cuál"*


“Prestar atención a las decisiones en las que uno involucra su dignidad y sus principios” es, según el cineasta, la base necesaria para contar grandes historias desde la vida cotidiana. A los 50 años, el realizador se encuentra en uno de los momentos más intensos de su carrera. Mientras trasciende en el mercado estadounidense, prepara otros proyectos.

Por María Daniela Yaccar

"Tocar una cuerda", llegar hasta las fibras más íntimas del público: de eso se trata hacer cine para Juan José Campanella. Con su nuevo trabajo, "El secreto de sus ojos", el director cumplió con su cometido de siempre. La película comporta una curiosa mezcla de intriga, humor y emotividad que suscitó la adoración inmediata de los espectadores, tanto aquí como en España, donde la obra de Campanella es muy valorada. Es cierto que es un policial. Sin embargo, la trama está construida por personajes entrañables y comunes, y recrea la atmósfera cotidiana que ya se volvió casi una marca del autor, su sello más personal.
Es lo mismo que logró con "Luna de Avellaneda" y "El hijo de la novia", o con el programa de televisión Vientos de Agua, con las raíces y el desarraigo como trasfondo de las historias. "Todos los días de nuestra vida tomamos partido en cosas en las que están en juego otras más grandes", explicó a El Cruce el cineasta, que hoy distribuye su tiempo entre contar ese tipo de historias y dirigir series para la televisión estadounidense. Por estos momentos, prepara una película de animación --una coproducción argentina-española--, trabaja en algunos proyectos para la televisión argentina y disfruta de las repercusiones de "El secreto…", precandidata para competir por el Oscar.

--¿Qué es lo que le llamó la atención de "La pregunta de sus ojos", la novela en la que está basado el guión de la película?
-- Son varios los factores. Estuve mucho tiempo sin hacer una película porque no encontraba una historia que me provocara un desafío nuevo y que no se alejara de lo que a mí me gusta contar. El policial me gustó siempre, pero lo que más me llamó la atención de la novela de Eduardo Sacheri fue que, a diferencia de lo convencional en el género, los protagonistas eran gente muy común: no había un detective borracho típico de cine negro o una banda de ladrones. No había cosas de un mundo al que yo no pertenezco. Esa mezcla del género con historias extraordinarias de gente común me gustó mucho, y a eso integré la memoria y las decisiones de vida, que son temas con los que también me encanta trabajar.

--Eso de contar grandes historias desde la cotidianidad de personajes comunes es una constante en su obra. ¿Cómo se logra?
--Ese es un poquito el corazón mismo del arte, aunque prefiero reservar esos términos para los que opinan. (Alejandro) Dolina decía que la función del artista es detenerse donde los demás siguen de largo. Pero la verdad es que no hay ningún secreto. En "El hijo de la novia" lo que contamos es la historia de mis viejos. Y "Luna de Avellaneda" es la historia real de un club de Avellaneda en la que aparecen los debates que se hicieron en infinidad de clubes a lo largo del país. Es cierto que en "El Secreto de sus ojos" la historia no es tan real, porque no todos nos enfrentamos a un crimen todos los días. Y eso de lo común está más bien en la génesis del personaje, porque aunque trabaja en Tribunales mantiene relaciones personales de amistad que son las mismas que nosotros vivimos.Creo que todos los días de nuestra vida tomamos partido en cosas en las que están en juego cosas más grandes. Permanentemente uno toma decisiones en las que involucra su dignidad y sus principios. Quizás no somos conscientes de eso cuando está ocurriendo, y ahí está la tarea del que sabe verlo.

--Y para favorecer esa construcción de la historia desde personajes comunes ¿qué papel juega la técnica?
--Una de las claves visuales de la película son los ojos de los personajes. Mi idea era que el diálogo cuente una historia y los ojos otra. Y que la combinación de esos dos elementos conforme una tercera, que es la película. Para lograr eso se necesitaba estar mucho más cerca de lo usual, por eso hice mucho uso del primer plano. Justamente lo que diferencia al cine de las otras artes representativas son los ojos.

--¿Por qué cree que la película conmueve tanto?
--Lo que está ocurriendo con la película nos sorprende mucho. No era ni la expectativa máxima. No puedo ponerme en el lugar del público, pero obviamente una cuerda tocó. Con "Luna de Avellaneda" me pasó lo mismo. "El secreto…" tocó una cuerda pero todavía no sé cuál. Va más allá de que la película guste o no. Algo tiene que estar pasando en el inconsciente colectivo.

Evidentemente, en 2004 algo estaba pasando en el inconsciente colectivo argentino. Fue el año en que apareció "Luna de Avellaneda", una película filmada en el sur del conurbano bonaerense que contaba la historia de un club social y deportivo a punto de convertirse en casino, con el tema de la emigración de fondo. La película redundó en una ley homónima, que apunta a preservar esas instituciones populares.

--Además de llegar a la gente, "Luna de Avellaneda" redundó en beneficios concretos para los clubes. ¿Cómo vivió eso?
--De todo lo que hice, fue la película que más me afectó en lo personal. Tuvo una enorme vida extra-cinematográfica y política. Una vida más allá de que la gente la haya visto y haya salido afectada individualmente. Hasta hoy se pasa en talleres, en grupos barriales, en sociedades de fomento… El éxito que había tenido con El hijo de la novia no me había frenado. Por eso, el efecto que tuvo Luna… en la sociedad para mí era imposible.

--Desde entonces, ¿cambió su perspectiva con respecto al cine? ¿Cree que una de sus funciones es abrir discusiones o apuntar a un cambio?
--El cine puede ser un vehículo de cambio pero no es para lo único que sirve. Por ejemplo, "El secreto…" no apunta para ese lado. Ser un director de cine es contar la mejor historia, y no siempre esa historia tiene que ver con lo que está ocurriendo en la sociedad. A mí lo que más me gusta es la comedia, y si bien uno puede decir que los hermanos Marx plantean una visión sobre la vida, el hecho es que son cómicos y punto y aparte. Para que el cine sea un vehículo de cambio se tiene que dar la conjunción de varios planetas: crear la película correcta que toque una cuerda de una sociedad en el momento correcto. Quizás si "Luna de Avellaneda" se hubiera estrenado en los noventa hubiera pasado sin pena ni gloria.

--¿Se trata, entonces, de hacerse eco del clima social en un determinado momento?
--"Luna..." es mi proyecto más hijo del momento. La escribimos en el 2002, un momento en el que uno como argentino no podía evitar el afuera. No se trata de hacerse eco, si no de sentirlo uno. La verdad es que ninguna de las películas la hice con la intención de hacer eco de un sonido que estaba escuchando. Fue más bien emitir un sonido que me estaba naciendo de adentro. Yo no era un visitante de afuera que miraba lo que ocurría. Todos estábamos pensando: ¿Qué hacemos? ¿Nos quedamos? ¿Nos vamos?

--Y en el caso de "El secreto de sus ojos", una historia que nos retrotrae a la conflictiva década del setenta, ¿qué sentido puede cobrar en la actualidad?
--Todo lo que tiene que ver con la historia del país es una lectura posterior, porque la historia mayor de la película es la de los personajes. Nuestra historia de país no es el énfasis principal de la película. Sin embargo, a mí siempre me gusta ubicar a los personajes en un contexto histórico, aunque sea una historia que transcurre en el presente.

--¿Pensó en presentar una postura sobre la pena de muerte y la justicia por mano propia a través de la película?
--No, pero es posible que haya sido parte de la cuerda que tocó, aunque de manera casual. La película fue pensada antes de que se iniciara esa discusión. De hecho, cuando Susana Giménez hizo declaraciones sobre ese tema, nosotros ya estábamos terminando la película.

Campanella inició su carrera en Argentina, donde hizo su “meritorio de dirección”. Después viajó a Estados Unidos para continuar sus estudios, filmó allí algunos largometrajes y se dedicó también a la dirección de series televisivas como "La ley y el orden" y "House MD".

--¿Qué le aporta la combinación de los trabajos que desarrolla en Estados Unidos y en la Argentina?
--Yo vivo de la televisión, que para mí es un entrenamiento porque puedo probar nuevas técnicas, cada tanto y dentro de los límites de cada programa. Son ese tipo de cosas que obligan siempre a resolver de una manera que por ahí no sería la que cuenta uno, que es lo que sí puedo hacer con mis películas.

¿Cómo evalúa el actual cine latinoamericano?
--No lo conozco. Y la verdad es que ninguna persona de Latinoamérica conoce demasiado del cine que se hace en otros países de Latinoamérica. Hay un fenómeno que es mundial: las películas que más se ven en cualquier país del mundo son las de Hollywood y las del propio país. Se hacen semanas del cine argentino, brasilero. En los festivales hay seminarios y mesas donde tratan de juntar el cine latinoamericano. Y es todo inútil, es tratar de tapar, ir a pelear contra una inundación con un vaso.

--¿Y por qué no conocemos el cine de otros países de Latinoamérica?
Si buscamos una unión latinoamericana, lo ideal sería que nos empiecen a enseñar un poco de historia actual del resto de los países. No nos va a interesar lo que pase en el resto de América Latina porque se estrenen cinco películas por año, por más de que se estrenen. Esto tiene que empezar en nuestra educación. Para nosotros el resto de Latinoamérica muere cuando Cortés ataca a los incas. Ahí agarran la manija de nuestra historia los españoles y no la sueltan más. La integración latinoamericana tiene que empezar en la escuela, no la puede generar el cine.

--El cine argentino, según los críticos, presenta rasgos que lo definen. ¿Existe el movimiento conocido como nuevo cine argentino?
--El cine argentino es un gran número de individualidades en las que cada uno cuenta su historia, algunas relevantes y otras no. Unas tienen un enfoque social, otras sobre el individuo. A veces es algo totalmente onírico que habla del mundo interno del director, y otras simplemente quiere entretener. No creo que tengamos que buscar una regla estricta con respecto a lo que el cine tiene que tener.

"El secreto de sus ojos" dio inicio a un momento importante para su carrera: la película protagonizada por Ricardo Darín y Soledad Villamil es precandidata al Oscar. Así, Campanella está a pasos de repetir la experiencia que vivió años atrás con la nominación de El hijo de la novia (2001).

--La película se quedó sin premios en el Festival de San Sebastián. Darín culpó al “revuelo periodístico”. ¿Puede el éxito de una película ir en detrimento de la obtención de un premio?
--Sí en el caso de los premios de festival, porque son siete personas que hablan entre ellas y deciden a qué película se le da el premio. Generalmente, son las que lo necesitan. Durante el festival de San Sebastián, El secreto de sus ojos era la favorita de las críticas y del público. Nosotros dijimos “no va a ganar ningún premio". Dicho y hecho. Distinto es el caso del Oscar, siempre lo dije. Es el premio más transparente de todos, porque la cantidad de votantes y la incomunicación entre ellos hacen que ninguna decisión sea consensuada.

--¿Y qué valor le concede a ganar un Oscar?
--Hay que poner categorías de importancia. Respecto de la aprobación o validación, es lindo ganarse un premio. Obviamente es mejor ganarse un premio que no ganárselo, y para mí es el premio más importante y representa una satisfacción personal. También favorece, claro, la difusión. Pero en cuanto a lo que vale la película en sí misma, ningún premio lo modifica. Tampoco lo que uno o el público piensan.

Una ayuda para el cine nacional

"Financieramente, el cine argentino está en una situación espantosa", advirtió Campanella. "Es cada vez más difícil. Este año prácticamente no se filmó nada. Y el próximo año casi ni va a haber películas argentinas", lamentó. Campanella manifestó su apoyo a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, porque considera que puede tender a "ayudar a la producción nacional",
Es que la norma establece una cuota de pantalla, según la cual los licenciatarios de servicios de televisión abierta deben exhibir 8 largometrajes nacionales por año. "Yo hubiera ido por más beneficios, pero obviamente va a ayudar", sostuvo el cineasta. También destacó el hecho de exigir a las televisoras que produzcan cine por el 0.5 por ciento de su facturación, aunque señaló que "es más liviana que en otros países, como España", donde el porcentaje asciende a 5.
Más allá de la ayuda que pueda representar la Ley para la industria cinematográfica local, otro empuje podría darlo una mayor comunión entre los países latinoamericanos. Porque "cuanto más grande sea el mercado potencial de una película, habrá más cine".

*Publicado en El Cruce Número 1, noviembre de 2009.