Mostrando entradas con la etiqueta Agencia NAN. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Agencia NAN. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de febrero de 2010

“Oh, Dios mío” en el Auditorio Ben Amí.-*


Con ribetes de drama existencialista y de fábula pero en clave de comedia, la obra teatral de la autora israelí Anat Gov en versión de Juan Freund cita a un Dios abatido en el consultorio de una psicóloga. Aquí, Él se permite reír cuando tropieza con un corpiño de su interlocutora, aunque también se angustia: “Creé al hombre para darle de comer a los animales, pero destruye el mundo”, hace eco en la sala, cuyas dimensiones atentan contra la intimidad del texto.

Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza de Oh, Dios mío

Buenos Aires, febrero 16 (Agencia NAN-2010).- El hombre tiene un problema: Dios. ¿Cuántas veces ese de arriba --o cualquier similar envestido por estatuto de omnipotencia-- se llevó la culpa de pesares personales o de media hora de noticiero? “¡Dios me libre!”, “¡Me cago en Dios!”, o simplemente dejar de creer. Cualquiera que padezca, aunque de lejos, la guerra o el hambre podrá entender. Más aún, cualquiera que haya decidido convertirse al ateísmo. El razonamiento es Regla de Tres: Dios es todopoderoso; la guerra es mala; la guerra es culpa de Dios, que no se sabe para dónde cuerno está mirando. Pero la cosa no es tanto creer o reventar, sino depositar la miseria humana en un objeto externo. Sobre eso se interroga Oh, Dios mío, obra teatral escrita por Anat Gov y dirigida por Juan Freund, que se presenta todos los jueves y sábados a las 21 en el Auditorio Ben Amí (Jean Jaurés 746).

Aleccionadora --con moraleja y todo--, filosófica y existencialista, la pieza es aún así una comedia, ya que se permite bordear el humor. Sobre todo porque narra un encuentro bien particular: el de una psicóloga y Dios. Ellá (interpretada por Silvia Franc), una terapeuta especializada en niños con dificultades de aprendizaje, manda a su hijo a ver Shrek mientras aguarda a su próximo paciente. Se la nota alterada, histérica: percibe que quien está por golpear la puerta le representará un nuevo desafío. Quien ingresa se da en llamar Señor D. (Eduardo Wigutow), un hombre de sombrero, lentes, bigote y presencia potente, sin ánimos de develar su identidad. Actitud que, claro, no es bien recibida por ella y que da lugar a un comienzo tenso, amenazado constantemente por el abandono. Hasta que, en un momento, el Señor D. deja a un lado su misterio y decide responder el cuestionario propuesto por Ellá.

Él dice que es un artista mutifacético de 5.770 años. La terapeuta se inquieta y le propone derivarlo a un psiquiatra, pero él se niega. “Necesito que me escuchen. Algo terrible va a ocurrir.” Y ahí, sin vueltas, con la voz bien grave y con la advertencia de la música de Gabriela Goldman que no llega a ser tétrica pero que ilustra el enigma, el Señor D., hundido en la desesperación, se anuncia: “Soy Dios”.

Al principio, la relación entre ellos es de lo más tirante, porque ella tiene dificultades para creer en Dios. El diálogo adquiere calidez cuando finalmente recupera la fe, luego de varias pruebas. El Dios de Freund resulta tan omnipotente como para hacer llover según su antojo, pero tan humano como para llorar por el desconsuelo que le producen los errores del humano. Es un Dios que, cansado de escuchar las quejas de los hombres “que nunca agradecen nada”, pide a gritos compasión y hasta, parece, se esfuerza por dar lástima.

La humanización de Dios es uno de los puntos más interesantes de la pieza: Dios es capaz, incluso, de usar su poder divino para presionar a Ellá y continuar con la sesión. Lejos de valerse de arengas, es realmente un tipo deprimido que no sabe qué hacer con su vida y que se ríe cuando se sienta sobre el corpiño de su terapeuta. En cuanto al problema de Dios, justamente aquí se invierte la ecuación: es el hombre. “¿Por qué creé a ese maldito? Lo hice para darle de comer a los animales, regar las plantas…. Pero él destruye el mundo, contamina ríos, genera baños de sangre”.

En la indagación por su psiquis, no faltan las críticas a la deidad. De hecho, terapeuta y Dios llegan a la conclusión de que lo que él persiguió al crear al hombre es sentirse amado --lo que busca cualquier persona, según la terapeuta-- y que, cuando no lo consiguió, se vengó. Así, pasean por el texto bíblico para poner el acento en algunas desgracias, como la violencia entre hermanos --por ejemplo, entre Caín y Abel-- o la muerte de los hijos de Job --aunque habitualmente se le eche la culpa al Diablo--. En su afán por conseguir la atención de su amigo, y consciente de haberla perdido, Dios se habría dado la licencia de no garantizar su bienestar.

Por eso es que la cuestión no es creer o reventar. Freund explica muy bien la idea que gira en la obra y cómo conjuga con sus trabajos anteriores. “Todo lo que escribí o dirigí a lo largo de mi trayectoria profesional, tenía un fuerte contenido y preocupación por lo social. Vamo y vamo y Al fondo a la izquierda son dos grotescos sobre los recursos humanos para poder sobrevivir en situaciones límites. Bienvenido Sr. Mayer, pieza autobiográfica, habla de la ilusión de un holocausto perdonado y la culpa redimida. En Tribunal de Mujeres (escrita por Naomí Ragen), abracé la defensa de aquella mujer que lucha contra los fundamentalistas que le arrebataron a sus doce hijos. Y ahora con Oh, Dios mío mi búsqueda es realizar el siguiente interrogante: el hombre que mata, asesina a millones de niños y ancianos, ¿está hecho a imagen y semejanza de Dios o se ha creado un Dios a su imagen y semejanza?”

El hombre como proyección de Dios y Dios como proyección del hombre es la reflexión que recorre la pieza y que representa una inteligente lectura sobre la actitud del ser en el mundo y sus creencias o inventos, sin la violencia indiscreta que habitualmente caracteriza a algunos textos religiosos. En cuanto a detalles técnicos, se destacan la música y la iluminación, aunque las dimensiones de la sala --demasiado larga y angosta-- no permita que lo que ocurre arriba del escenario adquiera su merecida cuota de intimidad.

*Publicado en Agencia NAN el 16 de febrero de 2009.

sábado, 16 de enero de 2010

La opresión hecha arte en escenarios norteños.- *


A cuarenta años de su fundación, el Teatro del Oprimido es un fenómeno en expansión. Este viernes, grupos de varios países que desarrollan esta técnica confluirán en Jujuy para intercambiar experiencias entre ellos y con el público norteño. En vísperas del acontecimiento, Agencia NAN indagó en las particularidades de una manera de hacer teatro en la que todo es variable, salvo la participación del espectador y el factor de lucha y cambio.

Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza El Infierno de los Vivos

Buenos Aires, enero 13 (Agencia NAN-2010).- La latina es la América de las venas abiertas. Es esa su condición de pesar y de dolor; también el origen de múltiples particularidades surgidas a lo largo de su historia. No es casual que haya sido la tierra en donde nació, por los años ’60, el Teatro del Oprimido (TO). Método catártico llevado al extremo, recuperación de la palabra en una suerte de reformulación del ágora, triunfo de lo colectivo en detrimento del pensamiento individual, la técnica creada por Augusto Boal en Brasil continúa en expansión. Pasa en los barrios, en la escuela, en la plaza, en las cárceles, en el tren sin que nadie se percate. Pasa en cada rincón donde hay alguien que sufre. Bajo el pilar de la “multiplicación”, más de 30 grupos integrados dentro de la Red de Teatro del Oprimido del Cono Sur (ReLATOSur) se reunirán a partir del viernes en Jujuy, en el Primer Encuentro Latinoamericano de Teatro del Oprimido, para compartir obras, talleres, charlas e intercambiar experiencias. Y claro, recorrer el norte del país en donde hay mucha materia prima con la que trabajar.

Por hacerse sobre la marcha, en distintas ubicaciones geográficas y con distintos públicos, el TO es siempre un laboratorio. También por el hecho de que los grupos que lo desarrollan están integrados por actores y no actores. Eso significa que se ejerce sin formación “académica”. De manera que ellos viven lo de Jujuy como una posibilidad de enriquecerse que no tienen muy a menudo. Y sobre todo porque se trata de una actividad que no recibe ningún tipo de apoyo estatal. “Somos tan independientes que ni siquiera se nos considera grupos teatrales independientes” como para participar de una legislación, explica Maité Ovejero Quinteros, del grupo Al Borde (ubicado en el límite entre Longchamps y Ministro Rivadavia). Organizado por el Movimiento Teatro del Oprimido de Jujuy (MTO Jujuy), lo que ofrecerá el encuentro en más de 25 localidades de esa provincia es un choque de distintas realidades: se juntarán compañías de más de diez países, entre ellos Uruguay, Bolivia, Perú y Chile; también referentes de Guatemala, Alemania y España. Se calcula que asistirán alrededor de 200 personas, y cada cual llevará lo que pueda ofrecer: obras, escenas breves, talleres, documentales. Ganas de aprender.

Es una técnica de la que se sabe poco. En vísperas de un encuentro que se plantea como la máxima expresión de una forma alternativa de representar, Agencia NAN decidió meterse tras bambalinas e indagar sensaciones, fines y medios de una especie de teatro en la que todo es variable. Para ello, hay que empezar por el principio. Lo fundó en 1968 Augusto Boal, inspirado en la pedagogía del educador brasileño Paulo Freire. Pero fue la realidad misma la que acabó por dar forma a la idea. “Boal siempre decía que una mujer gorda del público se enojó mucho durante una representación en la que un tipo le daba las cartas de su amante a su mujer que no sabía leer. Entonces, la señora interrumpió la obra y empezó a decir que la cosa tenía que ser distinta”, cuenta José María Pugliese, de Grupo Teatro del Oprimido (GTO), de Almirante Brown. “En su momento, buscó a un grupo de mucamas y las llevó a actuar por los barrios como para descomprimir su situación”, añade Cintia Gutiérrez, de El infierno de los vivos, de San Isidro.

“No son obras de teatro en las que el espectador aplaude y se va, sino que actúa, modifica, cambia”, resume Pugliese, que se desempeña dentro del Teatro Foro, al momento el más popular y extendido. En la escenificación, esta rama respeta más o menos siempre la misma estructura: se comienza con juegos para lograr la confianza con el público. Luego toma la palabra el curinga (“comodín”, en portugués), una suerte de mediador entre los personajes y el público, que enseguida explica qué es el TO y los objetivos que persigue. Tras la pieza teatral central que consiste en la presentación de un conflicto, el curinga retoma la voz para iniciar un debate con el público (de allí deviene el nombre de la rama). Posteriormente, los espectadores comienzan a opinar sobre posibles soluciones a la escena representada. Y luego, sin más, uno de ellos es invitado a ponerle el cuerpo a las palabras, a reemplazar a alguno de los personajes. De ahí el neologismo que en algún momento acuñó Boal: son espect-actores. Se ensayan diferentes alternativas con distintos espectadores para finalmente retomar la discusión sobre las conclusiones.

También desde las temáticas hay una uniformidad en lo que refiere al Teatro Foro y, más ampliamente, al TO. Lo que siempre aparece es algún tipo de opresión: la violencia doméstica, de género, la explotación laboral, la discriminación. Temas con los cuales cualquier ciudadano de a pie se topó alguna vez. “Es el teatro de los oprimidos y para los oprimidos”, define Quinteros. Y Anabel Ferreyra, de Forándula (Lanús), cita un ejemplo: “La obra con la que vamos al encuentro de Jujuy trata de la explotación en el trabajo. Y surgió de la creación colectiva, de las historias personales de quienes integramos el grupo. Son temas que nos tocan de cerca”, subraya. “Uno no puede llevar a donde no hay agua o no llega el colectivo una obra con una problemática como la de no poder comprar plasmas. Tocamos temas controvertidos. Y pretendemos ser un espacio de debate, ante la falta de”, sostiene Pugliese.

Entonces, lejos de la población de situaciones irreales que ofrece la caja chica y que aún así permiten llegar a la purgación de las pasiones negativas, el TO se asienta sobre casos reales. Nada de mucamas pobres y hombres ricos que se enamoran y que ¡oh! casualidad, comparten padre, ni mucho menos. Y por sus características, el Teatro Foro deriva en una purgación de otra calidad: mucho más que un suspiro, una lágrima o una carcajada. “Los verdaderos protagonistas son los espectadores -recalca Pugliese-. A nivel político uno está acostumbrado a delegar el poder, acá nadie delega nada al actor”.

El espectador devenido en actor se ve “obligado” a llevar al cuerpo lo que expresó durante el debate. “Eso es muy interesante. A veces intelectualizamos las cosas y no las podemos sostener en la realidad”, desliza Ferreyra. Al ingresar a escena, es el espect-actor quien mueve las fichas dando lugar a una improvisación que hasta puede llegar a descolocar a los actores. Y allí está el factor de variabilidad que comporta la técnica. Cada país, cada provincia, cada barrio y hasta cada ser entiende lo que quiere de la escena. “Cada grupo de espectadores detecta diferentes opresiones”, grafica Pugliese. Por eso, el sitio hacia dónde girará el conflicto es algo que deciden ellos y nada más que ellos. “Nunca una intervención es igual a la otra”, concluye Ferreyra.

“El hecho de que alguien se anime a intervenir es porque se siente identificado y cree en la posibilidad de cambiar. Por eso es que el Teatro Foro es un ensayo hacia la realidad. Si alguien puede delante de sus vecinos o de sus compañeros de trabajo o de escuela aportar una solución es porque cree que puede modificar en algo su propia situación”, reflexiona Pugliese. Y esto, desde el punto de vista dramático, se traduce sin más en que la propuesta consiste en “disminuir la opresión, pero siempre desde el oprimido”, explican. Herramienta de lucha, el TO condensa arte y política. Son esferas inseparables.

Para ejemplificar, cabe pasar revista al resto de las ramas de la técnica. Al nacer en plena dictadura miilitar brasileña, en sus albores fue Teatro Periodístico. “No se podía hablar de todo, sí de lo que estaba en los diarios”, explica Pugliese. Se trata de llevar a escena noticias que no tengan que ver una con la otra y que apunten a distintos modos de opresión. La rama de Acción Directa, también conocida como “atentados teatrales”, consiste en representar sin aviso en espacios controvertidos, como las marchas. El Teatro Legislativo, en tanto, busca la simulación de la presentación de un proyecto de ley para que el espectador tome consciencia de que puede hacer lo mismo en la “vida real”. Más popular, el Teatro Invisible juega con las fronteras de la realidad y la ficción al negarle al espectador la posibilidad de saber que está participando de una obra de teatro, con el transporte público como escenario habitual.

Nada se queda en una obra de teatro. “Hacemos un seguimiento de los espacios en los que trabajamos. Tratamos de abrir talleres”, cuenta Pugliese, y explica que de eso se trata “la multiplicación”, el pilar del TO. “Buscamos que en cada barrio las personas se reúnan a debatir. Quizás todas las voces puedan ser escuchadas”, anhela. Gracias a ese pilar nació hace dos años ReLATOSur y lo que se busca en Jujuy es seguir apoyándose en la misma idea: se espera que los grupos del norte se ocupen posteriormente de los espect-actores que participen del encuentro. “Lo que intentamos es ver cómo evoluciona la comunidad a la que nos dirigimos, si se produjeron cambios”, explica Soledad Bustos, de Forándula.

“Yo trabajaba en una peluquería como asistente. Lo peor. Todo el día me tenían de acá para allá. Renuncié porque me cansé. Cuando conocí el Teatro Foro me di cuenta de cómo me estaban explotando en el laburo. Me copó, me abrió la cabeza”, recuerda Bustos. “Es la herramienta ideal. Te imposibilita a pensar individualmente, ya no se puede. No hay marcha atrás”, analiza Quinteros. Bueno, ella sigue yendo todos los días al call center. Pero la reconforta pensar que su cabeza ya hizo un clic.

http://agencianan.blogspot.com/2010/01/la-opresion-hecha-arte-en-escenarios.html

* Publicado en Agencia NAN el 13 de enero de 2010.

martes, 29 de diciembre de 2009

"Una mirada diferente" sobre la resistencia.-


En 54 fotografías en blanco y negro, Sebastián Miquel retrata a Túpac Amaru, "una organización social que lucha contra la pobreza de manera exitosa", explica. Montada en el Palais de Glace, con entrada libre y gratuita, Abia Yala-hijos de la tierra pone el énfasis en lo humano antes que en los paisajes jujeños donde la Túpac funciona.

Por María Daniela Yaccar
Fotografías gentileza de Sebastián Miquel

Buenos Aires, diciembre 29 (Agencia NAN-2009).- La verdad no existe. ¿Y la mentira? Bueno, Einstein dijo que al fin y al cabo lo único que existe es la relatividad. Pero, momento. Porque los dichos populares también son sabios, y la que tiene patas cortas es una sola. En tiempos en que muchos medios de comunicación están acostumbrados a calzarse medias tres cuartos, Sebastián Miquel viajó a Jujuy para contar la otra mitad de las verdades a medias. Caminó por varios pueblos para poner el foco en el corazón de la organización Túpac Amaru y trajo a Buenos Aires el retrato de otro mundo posible: el trabajo en las cooperativas textiles, la construcción, gente en las escuelas, los domingos de pileta en familia. “El desafío fue mostrar una organización social que lucha contra la pobreza de manera exitosa, con eje en su rostro humano”, explica el fotógrafo a Agencia NAN. Su muestra Abia Yala-hijos de la tierra puede visitarse de martes a domingos de 12 a 20 en el Palais de Glace (Posadas 1725), con entrada libre y gratuita.

“Dar una mirada diferente”, añade Miquel sobre su cometido. Y lo cierto es que lo logra. Esas 54 instantáneas en blanco y negro son un claro ejemplo de la trillada frase que atribuye a la imagen el valer más que mil palabras --lo que se ve, de hecho, vale más que lo que muchos puedan haber dicho sobre la cuestión--, porque es casi imposible que quien se pare ante ellas no sufra un síndrome de semiosis infinita sobre todo lo que pasa en ese norte castigado, vapuleado, olvidado y triste que, de pronto, deja de ser desgracia. Es domingo y afuera hace calor. Mientras muchos escuchan tambores en la plaza Torcuato de Alvear, otros aprovechan para tomar un vuelo rápido y fructífero hacia aquellas tierras sobre las que algunos, deliberadamente, dicen patrañas.

Desde lo técnico, las de Miquel son fotos exquisitas. Tomas analógicas de impresión digital de 60 x 80 en su mayoría, distribuidas en uno de los pasillos del primer piso y en una sala que lleva un retrato más grande en el medio, de 3 x 2. Lo que rescatan, sobre todo, son momentos emocionales de rostros humanos, un propósito altamente logrado con el empleo de teleobjetivos. Lo que se ve es la organización popular liderada por Milagro Sala en su máxima expresión. Diferentes zonas de Jujuy donde funciona (Ledesma, San Andrés, Alto Comedero, Maimará y San Andrés, entre otros) y todo lo que siguió a un buen manejo de recursos: comedores, guarderías y fábricas. A la izquierda, una pantalla chica muestra videos de la Túpac, porque el centro “es ella, más que el evento fotográfico”, aclara el artista.

En las fotos también hay piletas, claro. Todo un lujo para un “grupo piquetero armado”, parafraseando al gran diario argentino. “No sé si me da la capacidad para generar un discurso, pero sí busqué dar un mensaje sobre un blanco de críticas: los sectores de la pobreza organizados. ¿Qué pasa cuando los pobres se organizan?”, dispara Miquel. Para él, lo que algunos responden se resume en otro interrogante: “Hay toda una cuestión de prejuicios muy adentrada en Buenos Aires y en ciertos sectores sociales, incluso en los más progre. ¿Por qué le dan plata a esa negra? ¿Por qué le dan cabida a esta gente? Lo que empecé a notar acá es que daba bronca que una organización liderada por una mujer fuera exitosa. Por una mujer, originaria de coyas, sin modales finos y morocha”.

Miquel, oriundo de San Luis y actualmente residente en la Ciudad de Buenos Aires, es un ex trabajador de diarios nacionales (varios, por caso) y medios alternativos que hoy se dedica a la fotografía de moda para costear proyectos como éste. El interés por la Túpac lo tenía desde hacía rato, ya que solía contactarse con los afiliados de la organización que viajaban a Buenos Aires a propósito de alguna manifestación. También conocía a Sala, a quien considera “una mujer extremadamente simple, que no tiene pruritos y que vive trabajando, haciendo cosas”. Pero aunque la idea ya estaba en mente, lo que lo terminó por impulsar fue el escándalo que rodeó a la organización cuando un grupo de personas le tiró huevos al senador nacional por Jujuy Gerardo Morales y que, después, cobró dimensiones poco felices. “Cuando se empezó a decir que eran grupos armados, narcotraficantes y violentos, dije: es el momento de mostrar desde otro lugar qué es lo que hacen”, recuerda Miquel, acostumbrado, desde la rama documental de la fotografía, a “ir a buscar desgracias, inundaciones, la peor parte del ser humano”.

El nombre de la muestra es contundente: “Tiene que ver con la unidad latinoamericana precolombina”, explica. Y a lo que remite, ante todo, es a “una comunidad organizada que vive con valores diferentes: la solidaridad, el trabajo, la verdad”. Simples aunque ingeniosos son los títulos que acompañan a las fotografías. “Plus valía”, un juego con el término marxista, retrata a una mujer trabajando feliz en una fábrica textil. “La plusvalía, justamente, es esa alegría que manifiesta”, explica Miquel. Otra mujer --verdaderas protagonistas de la muestra, incluso en los trabajos de construcción, llamativamente--, posó ante la lente luego de responderle al fotógrafo que su trabajo “estaba bueno porque no tenía patrón”. Y así se llamó la foto: “Sin patrón”. “La activista” muestra a una niña barriendo, y “Revolución” a un grupo de chicos en una guardería. También hay un buen número de fotografías destinadas a derecho a la información, una de las actividades solidarias que realizan los integrantes de la Túpac con el fin de acercar detalles de sus derechos a quienes no los conocen.

Abia Yala-Hijos de la tierra puede leerse de muchas formas posibles. Ya sea como “reivindicación del Estado o de la política”, “otra mirada sobre los sectores pobres”, un acercamiento a “una forma de organización distinta” o una reivindicación de los pueblos del norte. Lo cierto es que es una vuelta de tuerca. Sobre lo que produce en el espectador, Miquel concluye: “No puedo decir si logré comunicar lo que quise, por más que haya salido conforme. Vi gente que salía llorando, otra muy contenta y otra a la que no le había pasado nada. Los comentarios que dejaron en el libro eran buenos, salvo uno que dijo que lo que vio le hizo acordar a la sociedad nazi. Ojalá la fotografía tuviera el poder de cambiar la imagen de algo en la gente”.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Milo Lockett: "El arte une a las personas y las iguala".- *


Fue ajero, verdulero, cortó el pasto y fue dueño de bares. Luego, apostó a fabricar indumentaria, pero la crisis de 2001 lo dejó en bancarrota. A partir de allí, el chaqueño colgó la corbata y agarró el pincel, relegado por sus compromisos como marido y padre. Ahora hace "arte social", según él mismo define: entre Resistencia y Buenos Aires, reparte cuadros por encargo y acciones solidarias.

Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza de PersonAllY

Buenos Aires, diciembre 18 (Agencia NAN-2009).- La historia de Milo Lockett cumple con todos los requisitos para convertirse en una película épica de la posmodernidad. O, por qué no, en uno de esos dramones que llevan implícita la cuestión del ser o no ser y que emocionan hasta las lágrimas. De ese cine emerge un tipo de plot, con elementos tales como la rutina, la automatización, lo prefabricado de todos los días y la presencia de un deseo tan fuerte como para dar vuelta la página y escribir otra historia. O como para volver infeliz de por vida a quien no se anima. No obstante, como Lockett se volvió protagonista de su película sin predecir el final, quizás su vida sea más bien digna de ser encuadernada en un Elige tu propia aventura.
Los caminos eran dos: seguir manejando la fábrica textil de Resistencia, Chaco, o dedicarse de lleno al arte. Con miedo, pero también con determinación, Lockett se salió de la matrix a los 40 años y tomó la decisión más difícil: pintar. Como sentía que le quedaba tiempo, combinó su arte con la solidaridad y, entre otras cosas, trabaja en su provincia natal con chicos con síndrome de down y con los aborígenes Wichi y Pilaga. A la par, envuelto por el reconocimiento inusitado que en los últimos años adquirió en Buenos Aires, por estos días pinta a toda máquina en su taller de Belgrano, y en Palermo dio vida a una criatura interesante: un parque navideño hecho con envases de Tetra brik, iniciativa de la fundación Tetra Pak para el reciclado. La maqueta --cinco árboles de navidad en altura, murales y tótems-- contó con la ayuda de los niños que se acercan y que participan de los talleres de pintura que Lockett brinda en la Plaza de las Naciones. Durante la inauguración, algunas de sus obras fueron subastadas a beneficio de la construcción de una Casa Garrahan en Chaco.

-- Resulta llamativo el material con que está hecho el parque…
-- Hoy nadie puede decir con certeza si una cosa es arte. Estoy seguro de que éste es un hecho artístico, una intervención urbana dentro de un modo de expresión. Si algo es arte o no, se mide cada cincuenta años, de acuerdo a lo que aporta al lenguaje. Estoy muy contento con el resultado, sobre todo por poner a los chicos en contacto con la situación del medio ambiente. Además, me gusta mucho trabajar con ellos. Tienen una energía muy particular y los que pintan, lo hacen de verdad.

Chaco, 2001

Se sabe: tiempo de crisis para todo el mundo, gran impacto en las fábricas. Contexto en el que emerge el nuevo Milo Lockett, empresario devenido en artista plástico autodidacta y full time, que antes fue ajero, verdulero, cortó el pasto y tuvo bares, “siempre feliz”. “Cuando sos chico querés ser Superman”, reflexiona ante Agencia NAN al referirse al momento en que dio el giro a su vida, y pronto se da cuenta del exabrupto: “Bueno… ya no era tan chico”. Sí que era un niño cuando mostró por primera vez un cierto interés por el dibujo, en los talleres de la Escuela de Bellas Artes. Ya de grande, inspirado en Jorge de la Vega, descubrió su amor por la pintura. “Fue el artista que me movió la cabeza, el que me hizo tomar la decisión”, concluye.

-- ¿Cómo fue ese momento?
-- Por la crisis cerré la fábrica y decidí que me iba a dedicar a pintar. Antes lo hacía, pero no con la intención de mostrar. Tomé la decisión de un día para el otro. Y se modificó toda mi vida. Tengo una esposa y una hija, por eso fue difícil decir que quería hacer esto y abandonar el marco de seguridad que brinda un empleo. Pero me apoyaron mucho.

-- ¿No tuvo miedo?
-- Cada vez que uno hace una vuelta y decide cambiar la dirección, hay un poco de miedo. Era el temor natural, el de cualquier persona cuando siente ganas de hacer otra cosa sin saber cómo le va a ir. El artista tiene que arriesgar todo. No puede haber arte si no hay riesgo o incertidumbre. No se puede hacer desde un lugar de seguridad, más allá de la seguridad propia.

-- Es una buena recomendación para un artista desanimado…
-- Tiene que trabajar mucho. El gran problema de los artistas es que creen que la sociedad les tiene que rendir pleitesía por el sólo hecho de serlo. Después, la vida te va enseñando una cosa muy básica: no se puede recibir sin dar nada. No hay que ubicarse en un lugar de genialidad, porque no es propia del artista. Es del obrero, del ingeniero, del médico. Yo creo que el éxito se mide de distintas maneras.

-- ¿Y cuál es su forma de medirlo?
-- Fui exitoso en el momento en que elegí dedicarme a la pintura, cuando dije "mi mundo es este". No por todo lo que me pasó después. Y si esto tenía que pasar, no es porque yo era un genio. El arte es otra cosa. Es una necesidad. Y para mí, que tengo una mirada visual como artista plástico, es un modo de ver.

-- Y en ese modo de ver al arte, está el parentesco con la cuestión social…
-- El arte se ve siempre como una cosa inútil. La pregunta es para qué sirve un cuadro y la verdad es que más que para colgarlo en la pared… Por eso me parece interesante mezclarlo con lo social. Arte es la palabra más globalizadora. Une a las personas y las iguala. Las vincula sin discriminar socialmente, por diferencias de religión o por edad. Resume la comunicación, sea visual o no. Lo importante es que los proyectos que desarrollo junto a otros artistas son como un recreo para las personas que participan.

-- ¿Cuáles son los temas que más le preocupan?
-- Los dos extremos: la niñez y la vejez, el principio y el final de la vida. Son los sectores más desprotejidos. Y más allá de eso, me preocupa la distribución de la riqueza y la igualdad de oportunidades. También, la situación de los aborígenes. Tenemos que empezar a tratarlos como seres humanos y no como "comunidades". Y ser más respetuosos con su forma de ver el mundo. Me parece que les hemos hecho mucho daño desde la religión y desde lo cultural, y sobre eso hay que reflexionar. Los hemos invadido y abandonado a su suerte.

Buenos Aires, 2004

“Oportunidad es una palabra que gira en mi obra, porque la pregunta es por qué yo tuve la posibilidad de plantear este modo de vida”, dispara Lockett. Tal vez, la respuesta esté en el pragmatismo que caracterizó la toma de la decisión inicial y que se mantuvo en las posteriores. No por nada, hace cinco años cayó en Buenos Aires convencido de que quería vivir del arte. Y en poco tiempo, sus obras “poco pretensiosas”, coloridas, alegres, de “lenguaje primario” y con influencias del art brut, lo volvieron uno de los favoritos del público. De hecho, en las ediciones de Arte BA de 2006 y 2007 fue el artista que más vendió. Pronto, con el merecido mote de “gran revelación”, sus cuadros comenzaron a viajar por el mundo.

-- ¿Cómo fue su llegada a Buenos Aires?
-- Áspera. Es una ciudad difícil y a la vez muy generosa. Llegué por una fisura del sistema. Vi luz y entré. No estaba dentro de las becas, no pertenecía a ninguna galería ni escuela de arte. Vine buscando un lugar, me animé a recorrer, a mostrar mi obra. Vivir de esto era lo primero que tenía en la cabeza. No quería pintar y manejar un taxi. Es difícil saber exactamente cómo fue. Sí hubo mucha gente que me acompañó, como Teresa Anchorena, mi galerista, con la que estuve casi cinco años. Y después, me eligió el público y estoy agradecido. Sin público no hay artista.

-- ¿El reconocimiento fue como burlar los límites de la centralización de la cultura en la Ciudad de Buenos Aires?
-- Se dijo que yo era un artista de una provincia pobre que ahora le vendía a la gente rica. Eso es interesante. Por mi parte, yo nunca me sentí inhibido por eso. Al contrario, siempre tuve mucha avidez de aprender y expectativas por conocer. Eso hace mirar de otra manera, estár más ávido y atento a lo que pasa. La gente que vive en las capitales no puede levantar la cabeza y darse cuenta de algunas cosas, está muy encerrada por el mismo sistema de la metrópolis.

-- No puede despegarse de su tierra natal. Por eso sigue viviendo allá, ¿no?
-- Vivo allá y, también, un poco acá. Trato de ir adaptándome. Si bien toda mi carrera sucede en Buenos Aires y afuera, cinco años para atrás sucedía en el Interior. Y yo no abandono esa primera etapa, la tengo muy presente. No hay que olvidarse de dónde viene uno, eso es lo que mantiene la identidad. Y yo siempre voy a ser de Chaco. Y claro, allá me gusta vivir porque están mis amigos, mis afectos, mi hija, a quien no le podría modificar la vida, y mi esposa.

-- ¿Y cómo vivió el traslado de su carrera de Chaco a Buenos Aires?
-- En una primera etapa sentí mucha presión. Cuando uno empieza a ser reconocido o referente, todo empieza a tener otro peso. Por ejemplo, la palabra. Yo estoy hecho, en mi mundo, pero a los 40 años soy referente de gente de 20. Tengo 20 más de vida, que de por sí no garantizan nada: podés transformarte en un pelotudo total. Hay que ser muy responsable. Una decisión incorrecta hace mucho daño, a veces irreparable.

-- También podría ser un referente para nuevos artistas. ¿Lo cree posible?
-- No sé si podría abrirles el juego. Sí siento que hay mucha gente que al ver lo que hago queda con ganas de pintar, porque el mío es un lenguaje primario. Mi obra no es tan pretenciosa. Y eso abre la puerta para que otro diga "yo también puedo pintar". No es que trato de bajar el lenguaje, si no de ser más legible, más entendido. Muchas veces los artistas pintan pensando en que están construyendo una obra de arte y eso les genera mucha presión. La mía no tiene esa pretensión de obra de arte y por eso es accesible. Generó mucho nuevo comprador de arte. Personas que nunca compraron un cuadro se acercan.

--¿Es ese el público que pretende conquistar?
-- Creo que no hay que ser prejuicioso con el público, ni con los coleccionistas ni con la gente que quiere comprarse un cuadro y no sabe nada de arte. En realidad, no sé quiénes son los que saben, es otra cuestión para preguntarse. Muchas veces me compro cuadros sin saber sobre los autores o los detalles de la técnica. Por eso decía que el arte une. De hecho, conocí mucha gente famosa, con una posición muy buena. El arte es maravilloso porque te permite sentarte en la mesa con quienes nunca te hubieras sentado.

-- Y para más adelante, ¿qué se trae entre manos?
-- Por ahora, creo que me voy a retirar para trabajar más en lo social. Me gustaría trabajar más en la problemática social, desde un lugar más activo. Me gusta dedicarme de lleno a las cosas. Hoy soy más pintor. Tal vez haga una etapa de mucha pintura y después la deje. No quiero hacer nada a medias ni por etapas.

* Mañana y pasado de 16 a 19 en el Parque Navideño Reciclado (Figueroa Alcorta y Austria, Ciudad de Buenos Aires) se realizarán los últimos Talleres de Arte con Envases para niños, a cargo de Milo Lockett. La entrada es libre y gratuita.

*
Publicado en Agencia NAN el 18 de diciembre de 2009.

Libros que viajan.- *


Libros que giran, libros con alas, libros a la deriva. En fin, libres los libros. De eso se trata la campaña que llevan adelante desde hace casi un año dos publicistas que promueven el "tráfico" de libros de una manera muy original: dejarlos en la calle como si fueran olvidados para que quien lo encuentre, después de leerlo, repita la operación y alimente la circulación de textos. “La idea es que la gente lea un poco más, pero sobre todo buscamos que las personas opten por hacer algo por el otro", afirman los creadores del proyecto Yo leí este libro.

Por María Daniela Yaccar
Fotografía de Sofía Lobo

Buenos Aires, noviembre 19 (Agencia NAN-2009).- Yo leí este libro tiene aires a esa historia cortazariana en la que un diario abandonado en un banco de plaza muta en un montón de hojas impresas y que, cuando alguien se apropia de ellas, retornan a su condición original. Con la salvedad de la metamorfosis final, según la cual esas hojas se utilizan para empaquetar medio kilo de acelgas, la secuencia de acciones que proponen Federico Sordo y Germán Barbato es la misma que supo retratar el genio escritor: dejar libros en lugares en los que parezcan olvidados para que quien los encuentre repita la operación. “Buscamos que la gente lea un poco más, pero la idea trasciende la cuestión cultural. Tiene que ver con el compromiso con el otro y con rescatar valores sociales”, definieron los creadores de este “tráfico”, como les gusta llamarlo, un modelo que ya fue importado en otros países.
En enero de este año, Federico y Germán tuvieron una simple pero gran idea: compraron libros baratos y empezaron a distribuirlos en bancos de plaza y cajeros automáticos. Por fuera, y con la idea de que parezcan dejados a la deriva, sin querer, no había ninguna señal de que formaban parte de su proyecto. Pero en la primera hoja todos presentaban una serie de “instrucciones a seguir cuando uno encuentra un libro sin dueño” en las que todo está permitido --¡hasta venderlo!--, excepto quedárselo: “Ése no sería un buen gesto de su parte. Porque no sólo se estaría quedando con el libro, sino que estaría privando a alguien que lo pueda leer”. La decisión ideal del transeúnte no distraído es que se lo lleve a su casa, claro, pero no sin después “dejarlo en el lugar que prefiera para que otra persona lo encuentre”.
La iniciativa surgió de un concurso académico --ambos son estudiantes de publicidad-- que invitaba a crear una gráfica para fomentar la lectura. “Sentíamos que con una imagen no pasaba nada, y se nos ocurrió esto que es más dinámico”, recordó Germán en una charla con Agencia NAN. El siguiente paso fue empezar a pedir donaciones. Ahora, sus impulsores van por más: lo que quieren es desconcentrar la actividad de ellos mismos para que ande por sí sola y adquiera mayor dimensión. En la página web del proyecto están disponibles las instrucciones en formato "pdf" para que la gente las descargue y las añada a los materiales de los que guste desprenderse, para que otros le extraigan el jugo a la afrodisíaca fruta de un par de palabras.
Con el objetivo de hacer un seguimiento de esa cadena de favores que ya empezó a constituirse, los jóvenes solicitan a través de su blog que la gente envíe fotos y comentarios. "Porque si esto no sucede, es complicado medir sus resultados", afirman. El único “dato duro” que puede traerse a colación es la cantidad de libros que dejaron por allí Federico y Germán: aproximadamente 110. A eso se suman los testimonios que la gente deposita en la página web --que ya tiene más de 6.500 visitas---, y sus cuentas de Facebook y Twitter. “La respuesta fue bastante grande, ayudó mucho el avance de la comunicación”, destacó Federico. Un detalle estimulante es que la propuesta es for export. A saber, ya se replicó en Francia, Colombia, Costa Rica y República Dominicana.
Un proyecto anterior a Yo leí a este libro es Book Crossing (BC), una organización que actúa a nivel mundial. Lo que los separa son diferencias económicas y conceptuales: BC cuenta con apoyo estatal e informa sobre la ubicación y la hora en que los libros se vuelven huérfanos, y todos ellos llevan un número de identificación que se inserta en una base de datos. “No sabemos a dónde queremos llegar con todo esto, por eso es que todavía no pensamos si queremos conseguir apoyo oficial”, aclaró Germán. Lo de las coordenadas es una práctica que los impulsores de Yo leí este libro sólo llevan adelante ocasionalmente, porque prefieren “lo descontracturado”: la ruptura de la cotidianidad, el acto poético que va desde dejar un libro en la calle hasta tropezar mágicamente con él.
“La gente no sabe bien cómo reaccionar. Lo más común es que no le presten atención al libro. Son pocos los que agarran de una… En general se van, vuelven, ven si no los mira nadie y recién ahí lo llevan. Pareciera que le tienen miedo a que haya una cámara oculta. Una vuelta dejamos uno en un subte. La persona lo vio, bajó y empezó a atarse los cordones mientras lo relojeaba”, ilustró Germán. Lo importante es que el que pase por la experiencia entienda que “por el sólo hecho de encontrarse con un libro ya es parte de algo, tiene una responsabilidad”, añadió Federico.
Yo leí este libro representa también una ruptura del libro en tanto fetiche cultural. “Nosotros no somos asiduos lectores y no creemos que el libro de por sí tenga un valor. Sin embargo hay mucha gente nos dice ‘apoyo el proyecto pero no te voy a dejar ninguno de mis libros’. Lo que buscamos es que las personas opten por hacer algo por el otro”, recalcó Federico. Mientras más tomen esa decisión, montones de hojas impresas que descansan en paz en cualquier biblioteca hogareña tendrán la posibilidad de resucitar. Volver a ser en las manos de alguien para ser otro montón de hojas impresas por sólo un rato y volver a ser en las manos de otro alguien y volver a ser un montón de hojas impresas y volver a ser en las manos de otro alguien... (ad infinitum).

Blog:
http://www.yoleiestelibro.blogspot.com/

*Publicado en Agencia NAN el 19 de noviembre de 2009.
http://agencianan.blogspot.com/2009/11/libros-que-viajan.html

Contando a mi abuelo Juan Bosch en Silencio de Negras.- *


Con llamativo despliegue coreográfico, María Isabel Bosch llora a su abuelo a través del recorrido de tres de sus cuentos: "Dos pesos de agua", "Los amos" y "El algarrobo", que consiguen retratar la realidad sociocultural de la República Dominicana de mediados del siglo pasado.

Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza de María Isabel Bosch

Buenos Aires, octubre 26 (Agencia NAN-2009).- El título de la obra ya lo sugiere, pero la actriz dominicana María Isabel Bosch se ve en la necesidad de brindar una explicación al comienzo del espectáculo: “Vengo a contar a mi abuelo, no a narrar quién fue. Otros lo saben mejor que yo”. Con un unipersonal basado en tres cuentos de Juan Bosch, la misión queda cumplida desde cualquier ángulo: “Satisfacer un capricho de nieta” o “rendirle un homenaje” al cuentista, novelista, educador, ensayista, historiador y biógrafo fundador del Partido Revolucionario Dominicano y ex presidente de ese país, depuesto por una dictadura militar en 1963. “En Argentina, mi abuelo es más conocido por su veta política que por la literaria”, explicó Bosch sobre el motivo de presentar Contando a mi abuelo Juan Bosch en estas tierras.
Cada domingo a las 18.45, en una pequeñísima sala del teatro Silencio de Negras (Luis Sáenz Peña 663), Bosch logra convertir su cuerpo en una audaz herramienta para contar a su abuelo. Sin escenario, escenografía ni cambios de vestuario, lo que brilla es su mutación constante porque, además de oficiar de narradora, encarna personajes de lo más disímiles: hombres, mujeres, niños, viejos y viejas, con el sufrimiento y las esperanzas del campesinado dominicano como trasfondo común. De eso habla Juan Bosch en "Dos pesos de agua", "Los amos" y "El algarrobo", cuentos que reunió su nieta para rendirle este tributo por la vía teatral con la compañía Tibai. “Podría haberme sentado en una silla y contarlos. Pero actúo desde que soy chica y quería hacerlo a mi manera. El hecho de que sea un unipersonal tiene que ver con que es algo bien mío”, contó Bosch a Agencia NAN.
El detonante fue su fascinación por "Dos pesos de agua", que arrastra "desde pequeña". El año pasado comenzó la etapa de “trabajo sobre los textos y realización de la dramaturgia”. Y el paso siguiente fue el estreno oficial en el XI Festival Internacional de Teatro Hispano en Washington, Estados Unidos, en octubre de 2008. Luego la obra llegó a República Dominicana, en junio de este año, y dos meses más tarde a Argentina, en una “coincidencia mágica” con el que sería el cumpleaños número 100 de quien muchos califican como un maestro de la narrativa latinoamericana y hasta padre del realismo mágico, nacido en 1909 y fallecido en 2001. El 11 y 12 de noviembre el espectáculo viajará a Chile, a la Feria Internacional del Libro.
Con el fin de lograr un efecto de “in crescendo dramático”, los cuentos de Juan Bosch aparecen entrelazados. El que prevalece es justamente "Dos pesos de agua", una historia sobre la fe de la vieja Remigia ante la sequía que afecta al pueblo de Paso Hondo y que comienza a expulsar a sus habitantes. El maíz se consume y la tierra se endurece, pero Remigia está convencida de que la lluvia llegará algún día y no se cansa de prender velas a las ánimas para que le concedan su pedido. “Es el cuento que dio origen a mi capricho porque es muy escenificable y teatral. Además es bien caribeño porque remite a ese pensamiento mágico y religioso representativo de donde yo vengo”, recalcó la intérprete y también directora.
En "Los amos", lo que se narra es la explotación del hombre por el hombre. Aquí Bosch encarna las dos caras de la moneda, la crueldad y el sufrimiento, con un diálogo entre un patrón sin escrúpulos y un pobre peón maltrecho física y mentalmente que, así y todo, se ve obligado a buscar una ternerita para satisfacer a su empleador. Y en "El Algarrobo", un relato que se asoma brevemente, Lico recobra la fuerza para tumbar un árbol en consonancia con el nacimiento de su hijo. “El hilo conductor de los relatos es que reflejan algún tipo de lucha, ya sea del hombre contra el hombre o contra las fuerzas de la naturaleza”, argumentó la actriz sobre la selección de los textos.
Con juegos corporales y coreográficos, increíbles matices en la voz y una gesticulación desenfrenada, la actriz consigue hipnotizar a la platea. A ello se suman las acertadas musicalización e iluminación. Como resultado, si algo sucede en esa pequeñísima sala es que la imaginación trabaja, y mucho. De pronto parece que la lluvia finalmente llegó para la suerte de Remigia, también que Lico está hachando un árbol o que las ánimas se ríen maliciosamente de las esperanzas de la vieja en un ambiente infernal. Es que no es Bosch quien está ahí adelante: lo que consigue retratar es toda una realidad sociocultural, esa que su abuelo dejó en sus escritos y la que en algún momento lo impulsó a luchar.
“El 90 por ciento de la obra son los cuentos porque son atrapantes”, subrayó, sin embargo, Bosch, con cierto aire de modestia. Para ella, lo que hoy es la obra es el resultado de “un año de trabajo” y de ciertos cambios que surgieron con las presentaciones, para que la partitura de sus movimientos no actuara en detrimento de la naturalidad que emana de la obra: “Buscamos que no fuera una cosa tan fría y que estuviera primero el alma de los personajes, que comenzaran a despertarse y a vivir por sí solos”, manifestó.
Bosch también vive su experiencia como un aprendizaje personal. “El espectáculo es como un viaje”, definió. “En cada función le encuentro un sentido ligado a la idiosincrasia dibujada en cada uno de los personajes. Conozco de dónde vengo y cuáles son mis raíces”.Hacia el final de la obra, una iluminación que apunta a la nada viene a dar cuenta de la presencia espectral de Juan Bosch en la sala. La actriz, a un costado y a oscuras, cede el protagonismo a quien es, para ella, el eterno dueño de estas historias. La voz en off de Juan Bosch inunda el espacio y su nieta ya no es ningún personaje del Caribe Antillano. Es sólo eso, su nieta y, como tal, no duda en ceder a los efectos lacrimógenos que le suscita aquella grabación.
“A mi abuelo le decían ‘El Loco’ porque iba contra viento y marea. También, porque era muy honesto y estaba lleno de valores”, recordó, aún emocionada. Con esas palabras sintetizó el espíritu de esta propuesta, que tiene algo de motivación íntima y personal, pero que también busca acercar la obra de Juan Bosch a quienes no la conozcan: “Por ser una isla y por la dictadura que reinó durante 31 años, la literatura de República Dominicana no tuvo mucha promoción. Acá los libros de mi abuelo no fueron publicados. Es un autor leído y universal, pero en Argentina se leyó en los ’60 y en los ’70. Y no más”.

* Publicado en Agencia NAN el 26 de octubre de 2009.
http://agencianan.blogspot.com/2009/10/contando-mi-abuelo-juan-bosch-en.html

"La cultura no se vende, se defiende".- *


Bajo esa consigna, músicos, titiriteros, actores y murgueros de centros culturales y teatros porteños protestaron ayer frente a la tienda Harrods, en consonancia con la apertura del Festival Internacional de Buenos Aires, para denunciar la "privatización de la cultura, la precarización de sus trabajadores y el manejo mercantilista" que lleva adelante el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza de la Asamblea por la Cultura

Buenos Aires, octubre 6 (Agencia NAN-2009).- Los unen el amor y el espanto. El amor por el arte y el espanto por lo que consideran un manejo "mercantilista": violentos desalojos, presupuestos frenados y precarización de las condiciones de trabajo son los eslabones de la "privatización de la cultura" que, denuncian, impulsa el gobierno porteño. Ayer, artistas de centros culturales y teatros de la Ciudad de Buenos Aires, integrantes de la Asamblea por la Cultura, gritaron que "la cultura no se vende, se defiende" ante las puertas de Harrods, donde tuvo lugar la inauguración del Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA). Son músicos, titiriteros, actores y murgueros que comparten una visión: el gobierno porteño está haciendo estragos. La idea fue "hacer ruido" y la fecha elegida tuvo una intencionalidad: armar una contrainauguración al evento organizado por el Ministerio de Cultura porteño. "Es genial que haya un espacio como el FIBA, pero es claro que a las políticas sociales y culturales, cero atención. Al parecer, nosotros estamos detrás del paredón, no somos dignos de ser exhibidos", se lamentó Martín Eichelbaum, de la cooperativa La Calle de los Títeres.
Es la primera vez en años que diversas expresiones culturales de la ciudad se unen en una marcha. La convocatoria fue lanzada por la Asociación Argentina de Actores, tras hallar "problemáticas comunes", explicó a Agencia NAN su secretario general, Luis Alí. El antecedente de esta suerte de "coordinadora de la cultura" data de 2001, durante el gobierno de Fernando de la Rúa, con la diferencia de que "hoy no existe una situación de crisis" sino que la discusión pasa "por la cultura rentable o la no cultura". En este marco, "los que más sufren son los integrantes de los centros comunitarios más alejados del microcentro", porque son los que amalgaman cultura y vivienda. En esos espacios, muchas familias viven y trabajan.
Luego de los desalojos del Centro Cultural Almagro y la Huerta Orgázmika, otros temen pasar lo mismo. En el caso de la Asamblea de Flores, donde viven unas 55 familias, la amenaza de desalojo es inminente. La semana pasada los visitó un síndico "preocupado por liquidar la causa y rematar", según pudo leerse en un folleto que repartían los miembros de la Asamblea. Los que lograron torcer su destino fueron los del Centro Comunitario La Casa, al menos hasta fin de año. Según Marcela Castro, coordinadora del espacio que alberga a 20 familias, consiguieron frenar el desalojo con el argumento de que "el Estado debe garantizar el derecho a una vivienda digna".
La jornada comenzó a las 16 en Florida y Paraguay y se trasladó a Córdoba con corte parcial de la avenida, con la presencia de los trabajadores del Teatro Colón, un ejemplo de que la política cultural (o su ausencia) por parte de la administración macrista no sólo no atiende a la cultura en los barrio, sino que también arrasa con la actividad teatral con lugar en el corazón porteño. "Queremos la reapertura inmediata del teatro", anheló Fabián Bevilacua, trabajador técnico del establecimiento, e informó que "el actual directorio y el Poder Ejecutivo quieren reducir el cuerpo de trabajadores a 800 personas", cuando en realidad son 1242. La idea es reubicarlos en hospitales: "Es una tarea distinta. Hace más de 20 años que estamos en el teatro y no podemos caer en un centro de salud como paracaidistas", apuntó Marta, empleada administrativa que también informó que esperan una convocatoria oficial para conversar con funcionarios sobre una medida cautelar que dispone que "todo debe retrotraerse a 2008".
La problemática común de los actores es el "no estar reconocidos como trabajadores", indicó Alí. "Somos trabajadores en negro porque somos cuentapropistas y reclamamos una relación de dependencia, con los beneficios de cualquier empleado, como los técnicos", explicó. El pedido de los actores del Complejo Teatral también pasa por una cuestión salarial: tras haber conseguido el pago de los sueldos atrasados, solicitan un aumento "acorde a la canasta familiar", ya que cobran 1300 pesos.La programación del Complejo también sufrió cambios. Inicialmente, para esta temporada estaban pensados tres espectáculos, pero el gobierno dispuso que se frenaran y que el cierre de la actividad teatral porteña estuviera en manos del FIBA. Aunque ahora está previsto que se desarrolle una obra, sobre todo "ante la presión" de los trabajadores, estimó Alí. ¿Pero qué pasa fuera del microcentro? La Casa de los Títeres representa otro caso singular, porque el gobierno clausuró en abril el auditorio del Centro Cultural del Sur por las condiciones edilicias, que son responsabilidad suya. "Nos pasamos el invierno trabajando a la intemperie con espectadores muriéndose de frío", se quejó Eichelbaum. Otro problema del CCS es presupuestario: tras la presentación de un proyecto de creación de la primera escuela popular de actores titiriteros, las partidas destinadas a su actividad pasaron de 80 a 400 mil pesos. "Hoy nos dicen que es un fondo restringido", explicó el artista, en alusión a un decreto de Macri que estableció el retorno a la cifra original. De todas formas, tampoco la cobraron en su totalidad, sino 76.400.
Según el delegado de la Comisión Carnaval e integrante de Los Linyeras de la República Popular Independiente de la Boca, Ricardo Cigliuti, del más de un millón de pesos que les corresponde a las murgas aún no vieron nada. Sucede que "se cayó el sistema", contó dudando. También les prometieron 500 mil pesos adicionales, pero después les dijeron que se destinarían a la Casa de los Títeres. Por eso, el precarnaval que debía tener lugar este mes pasó para noviembre. Encima, los permisos para cortar la calle disminuyeron un 25 por ciento desde febrero.
Junto a los títeres que poblaban el cielo podían verse carteles con significativas leyendas como "la cultura no es mercancía" o "menos policía, más cultura". Durante la tarde hubo algún que otro cántico, pero los incansables de la jornada fueron los murgueros, con un imponente despliegue en Córdoba que, bailando nomás, mudaron nuevamente hasta Harrods, donde terminó la protesta con una ronda. El silencio de la murga coincidió con el fin de la protesta. Cuando quedaba poca gente, un grupo de artistas posaba sus manos pintadas de negro en los vidrios de la tienda, dejando las huellas de una presencia que también quedó en la calle, en miles de papelitos que hablaban de una cultura a punto de romperse. La que ayer salió a flote. Ésa que todo lo atraviesa porque es arte, expresión, salud y vivienda. Ésa que está en el barrio y en la ciudad, ante la mirada indiferente de algunos. Esa cultura en resistencia.

Teatro ciego: contra el imperio de la visión.- *


En una era signada por la imagen, el teatro ciego se erige como una propuesta interesante para el público: las obras no se ven, se olfatean, se oyen e incluso se tocan. El resto es imaginación. ¿Cuáles son las particularidades de este tipo de teatro que además se postula como herramienta de inclusión social para no videntes?, se preguntó Agencia NAN. Y le echó un sentido vistazo.

Por María Daniela Yaccar

Buenos Aires, septiembre 18 (Agencia NAN-2009).- En el teatro convencional, el apagón es el breve instante en el que las luces se extinguen, los actores se preparan para dar comienzo a la obra y el espectador es introducido en ese estado de ensueño necesario para llegar a la catarsis. En el teatro ciego, en cambio, el apagón es inexistente. O bien se extiende durante todo el espectáculo: lo único que está al alcance de la pirámide visual de quien lo presencia es la oscuridad total. A través de la estimulación constante del resto de los sentidos, la propuesta escénica se resume en “sentir la obra” y llevar adelante un asombroso viaje, con la imaginación como único equipaje infaltable.
El viaje comienza en las puertas del Centro Argentino de Teatro Ciego, donde hace más de un año el Grupo Ojcuro presenta La isla desierta, un clásico de Roberto Arlt, de manera no convencional. Minutos antes de dar sala, uno de los integrantes de la compañía solicita al público “tomarse de los hombros” para ingresar a un espacio que, de entrada, está totalmente a oscuras. Y, por las dudas, previene de posibles ataques de pánico: “Los momentos previos al inicio de la obra pueden ser realmente traumáticos”. Desde el comienzo del espectáculo se comprende que los sonidos y los olores son los protagonistas indiscutidos: ruidos de máquinas de escribir resonando con violencia por toda la sala y un fuerte y delicioso aroma a café anticipan que la historia tratará del hastío de un grupo de personas en la vida de oficina. Frente a la opresión y los anhelos de algo distinto, Cipriano, uno de los personajes, narrará sus peripecias alrededor del mundo como capitán de un barco sin rumbo fijo, transmitiendo un halo de esperanza con su relato.
El único antecedente de teatro ciego conocido en la Argentina es la obra cordobesa Caramelo de limón, que surgió en 1991 de la mano de Ricardo Sued. Cuando el espectáculo llega a Buenos Aires en 1994, Gerardo Bentatti, productor general de La isla desierta, se suma al elenco. Un año más tarde decide lanzarse a una búsqueda que culminará en 2001, cuando se une al actual director de la obra, José Menchaca, y queda constituido el grupo Ojcuro, que incluye actores ciegos miembros del grupo de teatro leído de la Biblioteca Argentina para Ciegos. La obra ya lleva ocho años en cartel y antes de que Bentatti fundara el Centro Argentino de Teatro Ciego, en julio del año pasado, pasó por la Fundación Konex y el Teatro Anfitrión. “La idea de trabajar con el texto de Arlt la propuso Menchaca y enseguida estuve de acuerdo, me pareció que iba a ser un éxito. Además se adaptaba a los efectos de sonido que yo había creado. Desde entonces, va in crescendo”, cuenta a Agencia NAN Bentatti, sobre los orígenes del proyecto.
Además de cumplir con su cometido de transformarse en un espacio destinado a una propuesta innovadora, el Centro se convirtió en una fuente de trabajo para no videntes y disminuidos visuales. Allí, los ciegos encuentran un lugar en donde desempeñarse como actores u operadores de sonido de los distintos espectáculos que se ofrecen (todos a oscuras), y además pueden asistir gratuitamente a escuelas, cursos y talleres de coro, tango y educación vocal, entre otras disciplinas. Marcelo Gianmarco, miembro de la compañía, reseña su propia experiencia: “Cuando comencé con la obra, fue una explosión. Me di cuenta de que además de trabajar me podía divertir”.
Para ellos, actuar implica una trasposición del poder. “En la calle, es la gente la que nos cruza de vereda. En cambio, en este caso somos los que manejamos la situación”, afirma Juan Mansilla, otro integrante del elenco. Lo cierto es que ejercen ese poder de una manera gratificante: dándole a entender al espectador la importancia de los otros sentidos en una sociedad en la que la imagen es un fetiche cultural.

Otra relación espectacular

Decir teatro ciego era caer en un oxímoron. Porque la relación espectacular siempre había implicado la interacción entre dos factores: una mirada y un cuerpo. O, más precisamente, una mirada que mira y un cuerpo mirado. En su teoría del espectáculo, el investigador en artes audiovisuales Jesús González Requena explicita claramente los elementos excluidos de esta relación: “¿Cuáles son los sentidos del sujeto interpelados en el espectáculo? Resulta fácil descartar tres de ellos: el gusto, el olfato y el tacto. Nadie habla de espectáculo cuando paladea un manjar, cuando huele un perfume o cuando acaricia un cuerpo”.
El teatro ciego no sólo se burla de estos preceptos, sino que hace de la incorporación de los otros sentidos su propia esencia. “En su vida cotidiana, la gente prioriza la vista. Durante la obra se ve obligada a estar más atenta a otras incitaciones sensoriales”, explica Mansilla. Durante aproximadamente una hora y media, el espectador es estimulado de manera constante con aromas y sonidos representativos de los diferentes lugares por donde anduvo Cipriano.
De esto último se desprende otra diferencia entre el teatro tradicional y el teatro ciego: mientras el primero pone en juego una relación de distancia y hasta de extrañamiento entre lo representado y el público, el segundo apela “a una relación de proximidad”, tal como la califica Bentatti. La invitación a la intimidad llega a su extremo cuando el teatro ciego incluye el tacto: en alguna oportunidad y tomado por sorpresa, el espectador es “acariciado” por el personaje. Y para que quede claro su enojo o indignación ante una situación, el actor puede darle un susto repentino con un grito en la cara.

El espectador y el actor, a oscuras

Al plantear esta redefinición de los términos de la relación espectacular, el teatro ciego modifica claramente la experiencia del espectador. “La oscuridad tiene mucha potencia, arrastra a lo primitivo, que es el miedo del niño a la oscuridad”, reflexiona Bentatti. Según Gianmarco, antes del comienzo del show “la gente no sabe bien qué hacer. Todos parecen niños, de repente. Se hablan entre ellos y gritan. Quizás, si los estuvieran mirando, eso no sucedería”. Ese “estado de indefensión” tiene su correlato en “una mayor entrega por parte del público”, asegura Bentatti. Un público que, sin condiciones, le entrega todo el poder a un Otro que de repente le grita en la cara o le toca la falda. “Implica una cuestión de fe. La gente confía en que no le vamos a hacer nada”, subraya.
Dentro del dispositivo sugerido por el teatro ciego, la imaginación del espectador desempeña un rol crucial. “Es un viaje”, define Eduardo Maceda, también actor de La isla desierta. Y continúa: “Exige un trabajo de la mente. Si uno habla con toda la gente que asistió a una función, probablemente note que lo que cada uno se lleva en la cabeza es una obra distinta”.
En plena oscuridad, el trabajo del actor también es diferente. “Requiere de un mayor entrenamiento, porque se basa en la disociación”, explica Benatti. Esto es: mientras la voz está en algo, el cuerpo está en otra cosa (por ejemplo, preparando un efecto de sonido). Aunque se trata de una técnica que exige “un alto grado de concentración”, también “es más relajada porque el actor no tiene por qué estar en escena. De pronto puede irse a la cocina a tomarse un vaso de agua o recostarse en el piso”.
Con todo, no es difícil dilucidar la principal dificultad de trabajar a oscuras: el desplazamiento alrededor de la sala. “La isla... es un tablero de ajedrez. Un error en el movimiento de uno de nosotros implica un error en la totalidad de la obra”, relaciona Bentatti. Para que eso no suceda, “está todo muy ensayado y memorizado”. Y hay una premisa fundamental: “Tener consciencia todo el tiempo de que no se está solo”.
Finalmente, ¿qué le sucede a ese cuerpo que está en el centro de la escena pero sin ser mirado? “El teatro a oscuras implica un abandono del narcisismo --opina Bentatti--. Yo les tengo miedo a los actores porque son peligrosos: lo único que buscan es fama”. En la misma línea, Gianmarco sostiene que “nadie quiere ser anónimo, por eso es que el teatro a ciegas no es tomado en serio. No se le da el valor que tiene”.

Algo parecido a la magia

“La isla... es como un truco de magia. La gente se va con esa sensación”, sintetiza Mansilla. Y algo de eso sucede porque, al final de la función, la gente se agolpa en el hall central para preguntar porqués y cómos. Un desconcierto que jamás será saciado porque la realidad es que los integrantes del elenco actúan como verdaderos prestidigitadores: guardan todos los secretos bajo llave. “La magia es una premisa fundamental del espectáculo”, remarca Bentatti, para quien el dispositivo del teatro ciego tiene “una pata en lo cinematográfico” por tratarse de “una emulación de la realidad”.Son los olores y los sonidos los ingredientes fundamentales para esta emulación. Respecto de los perfumantes, capaces de colmar el espacio con el más representativo aroma oriental o con un inolvidable olor a puerto, no se conoce siquiera el nombre de su fabricante. Y sobre los efectos especiales sonoros, se sabe que el creador es Bentatti, aunque se desconoce su funcionamiento. Es cierto que ambos elementos comportan un alto grado de realismo, que se interrumpe de manera abrupta cuando termina el espectáculo: es un momento chocante. Sucede que, cuando se encienden las luces, “la gente se da cuenta de que no hay tal bote ni agua ni máquinas de escribir”.
No hay nada. Sí muchas preguntas. Sí la reaparición de una pulsión escópica que, anulada durante una hora y media y ahora en estado de ansiedad, incitará a la vista a recorrer el lugar en busca de respuestas que no va a encontrar porque, tal vez ni la sala sea como la imaginación la diseñó. Lo que queda, simplemente, es un grupo de actores saludando, que trae al espectador de vuelta (y de prepo) a la realidad y que anuncian el fin de un estado que bordea la alucinación y el sueño.

* La isla desierta se presenta todos los viernes y sábados a las 21 y a las 23 en el Centro Argentino de Teatro Ciego (Zelaya 3006).Sitio web:
http://teatrociego.org/

* Publicado en Agencia NAN el 18 de septiembre de 2009.
http://agencianan.blogspot.com/2009/09/teatro-ciego-contra-el-imperio-de-la.html